Época y epojé fenomenológica. Husserl nos invita a la reflexión

La palabra época procede del latín epocham, y esta del griego antiguo ἐποχή (epokhḗ). Este último concepto ha sido de largo alcance en la disciplina filosófica. En cuanto a su sentido primero, cabe decir que “epokhe” significa literalmente estación o parada temporal. Está formada por el prefijo “epi”, que significaría “encima o sobre” y el verbo “ekhein”, que se traduciría como “tener o habitar”. En definitiva el sentido último hace alusión a un tiempo parado bajo el cual ocurrían los grandes acontecimientos históricos. Algo que casa bastante bien con el uso actual de esta palabra, pues al referirnos al pasado hablamos de un periodo que se encuentra “parado” en nuestra memoria. 

Cabe decir que esta misma palabra también puede traducirse como “suspensión” y esto precisamente ha provocado un largo alcance para la disciplina filosófica, pues fue revitalizada por la fenomenología de Edmund Husserl. ¿A qué alude exactamente este autor con dicho término y por qué puede ser relevante en los tiempos en los que vivimos?

Epojé fenomenológica

Para éste la epojé consiste en la “puesta entre paréntesis” no sólo de las doctrinas o creencias que tenemos sobre la realidad, sino también de la realidad misma, con el objeto último de encontrar su sentido sin partir de premisas no comprobadas. Esto supone dudar de la información que tenemos en nuestra mente, pero no de una forma absoluta negando su existencia sino sabiendo que dicha información es solo un supuesto que cabe analizar.

En la fenomenología de Husserl, el concepto de epojé se redefinirá de una manera radical. Se pasará a entender como un cambio fundamental de actitud no sólo respecto al conocimiento y a las teorías existentes, sino también frente a la realidad misma. Este cambio de actitud sería un primer presupuesto del método fenomenológico para llegar a lo que Husserl denomina reducción fenomenológica. Con ésta última pretende encontrar el sentido y la realidad de las cosas mismas (así como de la propia conciencia) sin basarse en presupuestos previamente aceptados.

Además reducción también procede del griego, significando en primera instancia “reconducir”. ¿Qué implicaría entonces la epojé y la reducción en el método fenomenológico aportado por Edmund Husserl?

Fenomenología

Antes de explicarlo, para despistados y los que no lo son tanto, recordamos que la fenomenología (del griego antiguo φαινόμενoν, ‘aparición’, ‘manifestación’ y λογος, ‘estudio, tratado’) es una rama de la filosofía que estudia el mundo respecto a la manifestación. Siendo así, y aunque presenta diferentes vertientes y ramas, es posible caracterizarla como un movimiento filosófico que llama a resolver todos los problemas filosóficos apelando a la experiencia intuitiva o evidente, que es aquella en la que las cosas se muestran de la manera más originaria o patente.

Con ello, esta rama de la disciplina filosófica estudia la experiencia humana para llegar a conocer y acceder el trasfondo de la misma. De ahí que su lema sea “¡A las cosas mismas!”, que aplica en realidad para todo conocimiento científico en tanto que conocimiento que apela a la experiencia evidente.

Husserl el fundador

Aunque el término era utilizado desde antiguo, como corriente y rama de la disciplina se establece su punto de partida en el referido filósofo alemán Edmund Husserl (1859-1938). Éste filósofo propuso un método y proyecto filosófico que denominó fenomenología trascendental, con la aspiración de conocer la realidad en cuanto tal de manera que el saber resultante fuese compatible con la experiencia vital de los sujetos. 

De esta forma, la fenomenología husserliana implica el “ir a las cosas mismas”, con el objeto de desvelar el sentido y génesis de la realidad. Podría resumirse a grandes rasgos como la toma de actitud honesta del filósofo que intenta superar el idealismo y el subjetivismo para dar al objeto y al sujeto un régimen común que pueda dar con el sentido de la realidad, un régimen común que supondría el campo de la experiencia y las acciones humanas.

Más allá de la actitud natural

Con este objetivo, Husserl hará la distinción entre una actitud natural u ordinaria, en la que no se pone en cuestión el mundo que se nos presenta; y otra actitud reflexiva (que sería propiamente fenomenológica), en la cual se buscará lo que se esconde tras la percepción dada, es decir, el sentido tras lo que sus ojos están viendo. La fenomenología se preverá de esta segunda actitud para descubrir la vida y describirla traspasando los límites de la apariencia. Con ello irá a la génesis de las cosas y a la actividad que a esta subyace. Es decir, supone una vuelta a las cosas mismas, enfrentarse al mundo tal y como lo hicieron los primeros filósofos, a partir de la experiencia directa que tenemos de él.

Esto en primera instancia implica la distinción entre dos mundos, uno físico que funciona bajo la ley de la causalidad, aquél que es objeto del análisis científico, el de los átomos de los que no conocemos nada por experiencia directa. El “otro mundo” sería el humano cuya semilla es el significado, es aquél que experimentamos y sentimos a través de nuestra propia vida.

Respecto a ello Husserl propone una metodología que haga posible “pasar de un mundo a otro” posibilitando la descripción de la vida humana sin mezclar ambos asuntos, sino integrándolos en la realidad humana. Es decir, intenta que ese mundo de los átomos y el que nosotros interpretamos encuentren un discurso compatible que casen con nuestra vivencia. Este método se basará en un primer momento en lo que llama “epojé” y “reducción”, a las que ya nos hemos referido. 

Dicho ésto, ya podemos contestar a la pregunta. ¿Qué implican estos términos en dicho proceder filosófico?

Vuelta a la epojé

La epojé, implicará, como he dicho, poner entre paréntesis la realidad percibida, que se nos presenta en un estar ahí. Para que sea más fácil entenderlo, lo que vemos pasa a ser la X o incógnita de una ecuación que debemos resolver con el método referido. Este poner el mundo entre paréntesis supondrá eliminar el carácter dóxico o el nivel creencial del mundo, pues la experiencia inmediata en la actitud ordinaria implica un mundo como producto de la fe en lo que nos otorgan nuestros sentidos. Es decir, todo lo que vemos es tomado como real, creemos en ello inevitablemente. pues al ponerlo entre paréntesis apartamos esa creencia para proceder a probar la existencia de las cosas mismas.

Como he dicho, al ponerlo entre paréntesis y deshacernos de la creencia fundamental en la realidad física (que sería la actitud natural) se procederá a llevar a cabo la reducción fenomenológica, que supondrá reconducir o dirigir lo percibido hacia su fundamento, hacia aquello en lo que se genera.

Ejemplo de epojé

Como ejemplo cabría tomar el caso de una plantación de olivos. Imagínese el lector que cuando va por la carretera ve en el paisaje un conjunto de olivos ordenados y en distancias parecidas. En la actitud ordinaria se le presenta como una realidad dada, independiente, en la que cree como producto de su predisposición natural.

Pero si pone entre paréntesis lo percibido (epojé) y aplica la reducción, buscará el origen y la condición de posibilidad de lo que se le presenta. En ella descubrirá que no hay una realidad fija, sino que esta plantación se reconducirá al trabajo de los campesinos, pasados y actuales, que permiten y dan razón de ser a lo que percibe. Es decir, la plantación de olivos no tiene realidad en sí, sino que bajo ella se encuentra la realidad última, una vida y actividad humana que le otorga su sentido y significado. Así como el camino debe su existencia a los caminantes que le son su condición de posibilidad, tal y como señalará Machado en su poema al decir “caminante no hay camino se hace camino al andar”, la plantación remite a otros humanos y actividades de la vida ordinaria.

Esto será aplicable a todo aquello que se le presenta, con la pretensión de alcanzar el sentido último del mundo. De esta forma, al aplicarlo a la realidad entera el mundo encuentra su sentido último en la acción humana y el mundo de la vida. Estas ideas tendrán un largo alcance en la disciplina filosófica en autores como Ortega, Heidegger, o las corrientes existencialistas. Con lo cual no es poca cosa la influencia de éste autor. Pero, ¿para qué nos sirve a nosotros?

Invitación a la epojé

Esta palabreja no solo sirve para contar curiosidades de la etimología de términos como época, o para provocar dolores de cabeza a los lectores de fenomenología. Lo cierto es que este campo del saber y este tipo de reflexiones tiene un enorme alcance en las ciencias cognitivas, respecto asuntos tan complejos como la conciencia. No obstante, esto podría tratarse en otra ocasión. Cabe preguntarse también, ¿sirve para algo en nuestra vida ordinaria?

La epojé supone una invitación a la reflexión. Cuando digo que con ella se pone entre paréntesis el mundo ésto implica una actitud de duda respecto a los estímulos que recibimos. No rechazar la información, pero tampoco darla por sentado. Más bien la idea es utilizarla para escarbar en ella, buscando reconducirla a aquello que la origina para alcanzar una conclusión razonable al respecto. En un mundo en el que recibimos noticias falsas cada día, imágenes trucadas, y estímulos constantes, esta actitud reflexiva es más una necesidad que un antojo husserliano.

En definitiva, con este extraño concepto estamos recuperando la actitud original del filosofar. Quedamos dispuestos a asombrarnos ante el mundo, pero dudando para escarbar que se esconde tras él. Es la epojé entonces una invitación a la reflexión. Cada cual elija, según considere, si desea aceptarla.

R.D. Morliz