Ante la condena de la originalidad: ser un átopos

¿Sabían que a Sócrates le llamaban el tábano de Atenas? No es extraño, este filósofo molestaba e incordiaba a casi todo el mundo. ¿Se imagina que se encuentre alguien en medio de la plaza para discutir de filosofía? ¿Y si esa persona derrumbara sus argumentos hasta que le hiciese sentir estúpido? Eso mismo hacia Sócrates. Con ello, buscaba el reconocimiento de la propia ignorancia para, a partir de este hecho, fomentar buscadores del saber. No obstante, aunque ahora suene divertido, lo cierto es que su actitud molestaba al status quo, de ahí su injusta condena, y su triste muerte.

Sin embargo, a pesar de todo, hoy seguimos hablando de él. Y ,compartamos o no su filosofía, lo cierto es que todos simpatizamos con tan singular carácter. No es extraño, hablamos de un individuo tremendamente original. Muchos dirían que es un influencer de la época, sobre todo si atendemos a su efecto en alumnos como Platón. Claro que, posiblemente, el truco de este filósofo es que es más aún que un influencer, Sócrates era lo que los griegos llamaban un átopos. ¿Quieren saber qué significa este término? ¿Es mejor modelo el átopos que el influencer? Siga leyendo y se lo cuento.

¿Tienes miedo a ser igual?

En la actualidad hablamos mucho de la necesidad de diferenciarnos. “No te dejes llevar por la masa”, “crea tu propio estilo”, “ten tu propia personalidad”, los anuncios nos invitan a ser originales. Y en esa lucha por diferenciarnos finalmente todo el mundo es igual de estrafalario. La necesidad de hacer de nosotros algo distinto al resto parece nos lleva al resultado contrario. ¿Ya no podemos ser tan originales como Sócrates? Seguimos a los influencers como si fuesen los nuevos tábanos, esta vez no en el ágora, sino en la red. Pero, ¿no se parecen todos demasiado? ¿Cómo es posible que nos den fórmulas para ser influencers o ser originales? Dudo que exista una fórmula para convertirse en Sócrates. Quizás estamos entendiendo mal como afrontar la necesidad que todos tenemos de ser un ser auténtico que no sea engullido por la masa.

Lo igual nos da miedo porque es sinónimo de indiferenciación, es como si nuestro “yo” se diluyera en la masa, perdiendo nuestra identidad, eso que nos convierte en nosotros mismos. En el fondo, el terror de lo igual es una expresión del miedo a la muerte. Diferenciarnos de los demás no solo nos permite sobresalir, sino que nos reafirma como personas únicas y asegura la supervivencia del ego encerrado en nuestra mente.

Por supuesto, querer ser nosotros mismos no es malo. No es malo buscar quiénes somos y expresarlo. El problema comienza cuando esa búsqueda de la autenticidad nos lleva a un laberinto sin salida, que nos conduce a la homogeneización.

¿Quiere usted evitar esa homogeneización y ser tan original como Sócrates, cuya influencia llega a nuestros días y no pasa de moda? No se trata de una fórmula concreta, ni tampoco de esforzarnos en crear un nuevo estilo. Sé trata de no tener miedo a ser un átopos.

¿Qué es un átopos?

Todos estaremos de acuerdo en la indudable peculiaridad de la personalidad de Sócrates. Pues bien, este filósofo era descrito por sus alumnos como un átopos. Esta palabra de origen griego se utilizaba para indicar aquello que estaba fuera de lugar,(topos significa lugar, y el prefijo -a indica negación). De esta manera describir a alguien como un átopos es señalar lo que esta persona tiene de extraña o inaudita. Pero, igualmente, dicho término se puede entender como “el otro que no tolera ninguna comparación”, porque todo atributo que se pretenda utilizar para realizar el paralelismo sería forzosamente falso.

Ser un átopos implica, por tanto, ser incomparable y singular. Aunque pudiera parecerlo, esto no es lo mismo que ser distinto o auténtico. Ser auténtico implica cierta comparación (frente a lo que no lo es), así como el hecho de ser distinto, original. Sin embargo, un átopos no solo es distinto a los demás, sino que es distinto a todo lo que es distinto a los demás.

Un átopos es, entonces, una persona segura de sí misma, que no necesita compararse ni buscar la confirmación externa de su singularidad. Así logra liberarse de la necesidad de diferenciarse, porque simplemente es único al ser fiel a sí mismo, con independencia de lo que de él se espera.

¿Creen ustedes que Sócrates salía al ágora a hablar con los demás pensando en ser original? ¿Creen que se paró a pensar de qué forma podía singularizarse? Sócrates hablaba y discutía con los otros porque creía que debía hacerlo. Era un átopos al ser fiel a su voluntad.

Otros filósofos fueron también magníficos átopos. ¿Creen que Nietzsche escribió sobre la muerte de dios pensando en impresionar al resto? Posiblemente no, más bien lo hizo porque pensaba lo que decía, sin miedo a los reproches a los que, sin duda, tuvo que enfrentarse. Kant era otro átopos. No salió nunca de Konisberg, y llevó una vida de lo más peculiar. ¿Se imaginan que Kant hubiese entregado las veinticuatro horas del día a filosofar por el simple hecho de singularizarse? No. Entregó su vida al saber por el saber mismo, y sus peculiaridades surgieron como consecuencia de esto.

Así pues. ¿Debemos esforzarnos en ser originales? ¿Por qué perseguimos la fórmula para mostrar que no pertenecemos a la masa con la consecuencia contraria de que nos comportemos todos igual? Estos casos de átopos son personas seguras, decididas, hacen lo que desean, siguen su pasión o sus pensamientos, son consecuentes con ellos. Y por eso mismo no admiten comparaciones.

Esta cuestión no carece entonces de importancia para el mundo en el que vivimos, en el que parecemos condenados a la búsqueda de la originalidad.

Competencia por la originalidad. Una condena contemporánea

Nuestra sociedad nos pide que nos diferenciemos, pero solo dentro de ciertos límites. Y es que aunque nos pide que seamos auténticos, nos obliga a compararnos. Así, nos estimula para que seamos únicos, pero también para que compitamos con los demás. Abrumados por esas contradicciones, no es extraño que terminemos acallando nuestra unicidad.

El peligro de esto es que cada vez que nos comparamos reducimos nuestra riqueza a unos patrones que damos por válidos. Y es que, al compararnos asumimos la vara de medir de la sociedad y la damos por válida, alejándonos de lo que somos realmente. Lamentablemente, estamos tan inmersos en ese tipo de pensamiento, que no nos percatamos de que vivimos en un estado de conformidad muy bien disimulada. Lo cual resulta mucho más eficiente que la homogeneización represiva de las sociedades totalitarias, porque nos mantiene en el círculo vicioso de la competición social, aceptando los patrones de comparación que marcan nuestras metas en la vida y que en realidad no son nuestro objetivo real, sino el que admitimos silenciosamente. De esta forma, queriendo evitar ser borregos lo único que hacemos es esquilar al rebaño.

Cuanta más confirmación externa de nuestra autenticidad busquemos, cuanto más nos preocupemos por ser calificados como originales, más dependeremos de esa confirmación de los otros. Con ello, vamos entregando nuestra libertad. Cuanto más distintos deseemos ser, más nos compararemos. Como resultado, las personas quedan eternamente insatisfechas, y solo quedan consoladas ahogando su verdadera identidad para suplirla por una creación que sea aplaudida por los demás. Así es como nos volvemos esclavos de nuestra vanidad. De esta manera, lo que podía haber sido una apasionante aventura de descubrimiento personal se convierte en una gris replicación de lo igual.

Siendo así, ¿por qué buscar fórmulas que nos ayuden a ser originales? ¿No tiene más gracia ser un átopos? Si le gusta más esa segunda opción no busque seguir a átopos como Kant, Sócrates o Nietzsche. La única fórmula es seguirse a sí mismo.

R.D.Morliz