Los secretos del cruce de caminos

Existen numerosas leyendas y mitos respecto al lugar donde los caminos se separan, se bifurcan los senderos o, cambiando la perspectiva, allí donde se interconectan. Estos parecen ser un no-lugar, en el sentido de ser un espacio de mero tránsito, como las salas de espera o los aeropuertos. Pero por algún motivo, desde la antigüedad, todas las culturas han señalado dicho lugar otorgándole connotaciones especiales. ¿Qué se esconde por tanto en ese “cruce de caminos”? ¿Por qué nos impresiona tanto como para formar leyendas en torno suyo?

Leyendas

Probablemente la historia más conocida sobre las encrucijadas, llevada al cine, es la de el bluesman Robert Johnson. Según la leyenda, en un cruce de caminos vendió su alma al diablo para convertirse en uno de los mejores guitarristas de la historia. No obstante, mucho antes que Johnson ya se le otorgaba a éste lugar connotaciones especiales.

En la Edad Media eran lugar de ejecuciones o de enterramientos de los que no eran admitidos en el camposanto, como los suicidas. En la religión candomblé o vudú, éstos espacios eran portales para orishas y seres de otras dimensiones. Si buscamos leyendas, en cada rincón del mundo aparece un cruce de caminos que da lugar a éste tipo de historias. ¿Qué es lo que se aparece en éste lugar y que permite el nacimiento de éstas historias? A mi juicio ésto responde a la metáfora de la aparición más inquietante con la que podemos toparnos, no es otra que nosotros mismos.

El efecto en el caminante

Un cruce de caminos puede implicar varias reacciones. Una pararnos y quedarnos en ninguna parte, otra vernos obligados a elegir el sendero por el que tenemos que continuar, y la última retroceder temerosos de continuar hacia delante. Para poder avanzar, dicha elección es condición necesaria, no existe escapatoria. O avanzamos eligiendo, o retrocedemos, o nos quedamos inmóviles. Para el que quiere llegar a alguna parte la única opción posible es la elección. Pero, ¿es sencillo decidir?

Las decisiones que tomamos no solo condicionan nuestro destino sino también en que nos convertimos a medida que transitamos el camino. Por ello, el cruce de caminos inquieta pues hace visible el vértigo de nuestra libertad, del que ya nos hablaron autores como Kierkegaard. Es por éste motivo que justo en ese momento de decisión, como dije, debemos enfrentarnos a nosotros mismos para preguntarnos ¿hacia dónde quiero ir? 

De ésta forma, el cruce de caminos es la metáfora visible de nuestros instantes de decisión cruciales. ¿Qué ocurre si decidimos retroceder y quedar paralizados?

Necesidad de decidir: Sartre y la mala fe

El filósofo francés Jean P.Sartre abordó el asunto. Creía que no decidir, que es lo que implica esa reacción, es un acto de lo que él llamaba “mala fe”. Sartre piensa que la condición de ser humanos es ejercer nuestra libertad, y esto se hace decidiendo. Si no decidimos estamos evitando ser humanos y con ello, al evitar nuestra libertad también eludimos la responsabilidad, lo cual puede desembocar en que ésta recaiga sobre otro. Por ello, no elegir aunque es una opción, nos resta humanidad y nos aleja de ser constructores de nosotros mismos.

De estar en lo cierto, si lo aplicamos a un lugar como el cruce de caminos, debemos elegir por donde seguir transitando. Lo cual implica enfrentarnos al verdadero diablo que se aparece. El miedo a que la elección no sea la correcta, el temor que surge de no saber en qué nos convertiremos al transitar el camino una vez decidido. El cruce de caminos es entonces el espacio en el que ejercemos nuestra libertad y aparecen los demonios los temores que aguardan en nosotros mismos.

Pero a pesar del vértigo que provoca la elección y del que ya habló Kierkegaard, si queremos adueñarnos de nuestro destino lo único posible es seguir caminando.¿Hacia dónde? Cada cual elija su destino y haga su propio camino al andar.