La mosca que inspiró a Descartes

¿Sabías que Descartes necesitaba muy poco para inspirarse?

El genio de Descartes era tal que necesitaba muy poco para cambiar nuestra perspectiva de las cosas, tanto es así que en el caso que hoy les contamos sólo necesitó fiebre y el vuelo de una mosca.

René Descartes es considerado como uno de los más importantes e influyentes filósofos de la historia, de hecho es el padre de la filosofía moderna. Pero además de su incuestionable talento para la filosofía el francés fue un matemático excepcional, pionero en el estudio de la geometría analítica.

No debe sonar extraño, pues aunque para muchos hoy las matemáticas aparecen como opuestas al saber humanístico lo cierto es que siempre ha habido una estrecha conexión entre estas y la disciplina filosófica. El que este pensador destacase en ambas disciplinas por tanto entra dentro de lo esperable. No obstante si algo si es sorprendente es su enorme facilidad para hacer de un pequeño hecho un evento histórico, gracias a su enorme genialidad. El caso al que me refiero es uno de esos.

Aprovechando la enfermedad

Para ello es necesario recordar que Descartes tenía problemas de salud desde niño, y por ello tuvo que pasar muchas horas de reposo en su cama. Horas que dedicaba a pensar, a estudiar, a leer y a escribir, con lo cual tampoco las desaprovechaba.

Uno de esos días, estando acostado entró una mosca en la habitación. Descartes siguió con la mirada todos sus movimientos y se preguntó: ¿Existe alguna manera de anotar su posición en cada instante?

Pensándolo un rato, se le ocurrió disponer tres rectas perpendiculares entre sí, dando valores numéricos a cada punto de la recta. Entonces, cada posición de la mosca podría ser representada con tres números.

Acababan de nacer lo que hoy llamamos ejes cartesianos (también conocidos como ejes de coordenadas), tan utilizados en matemáticas. A la terna de tres valores (o de dos valores en el caso bidimensional) se le conoce como coordenadas cartesianas.

La fecundidad del vuelo de la mosca

Esto pudiera parecer insignificante si no fuese porque estas coordenadas cartesianas aún las usamos todos en nuestra vida ordinaria. ¿Para qué sirven?

Además de su uso en matemáticas, la utilidad cotidiana de las coordenadas suele ser localizar sitios en los mapas. El mapa puede ser de unas pocas calles, una ciudad o del globo terráqueo entero. Con este adelanto cartesiano se puede saber dónde vive un amigo de su barrio con un plano de la zona, o incluso conocer su situación con un GPS si está en medio de una selva salvaje o un desierto abrasador.

Los planos suelen estar dividos en sectores con ejes X e Y. Y el GPS que utilizamos a diario para conducir, orientarnos caminando o saber cuánto se tarda de un punto a otro de la ciudad es un sistema que utiliza coordenadas para localizar nuestra posición y la del destino. Y todo ello nació de quedarse “mirando a las moscas”.

R.D.Morliz