Hacia una naturalización de la mente: El enactivismo.

INTRODUCCIÓN

Desde la clásica distinción cartesiana entre “res cogitans” y “res extensa”, quedó descubierto un problema sin solución desde entonces: la relación entre el cuerpo y la mente, cuya mayor dificultad estriba en el carácter consciente de la última. En posteriores años, la neurociencia y la psicología han defendido que el dualismo resultante de la propuesta del francés era insostenible. Pero, al mismo tiempo, estudios en la materia son prueba de una división de opiniones al respecto que es resultado de una comprensión incompleta de la realidad humana.

En este artículo se abordarán las distintas propuestas a este respecto hasta llegar a la perspectiva enactivista, como una de las últimas tendencias que lo afronta con novedades nada desdeñables.

CIENCIAS COGNITIVAS

El conocimiento está indudablemente ligado a la sociedad que lo posibilita, y la tecnología que permite su avance y su transformación. En la sociedad contemporánea, y así en sus intereses científicos, hace no tanto tiempo empezamos a enfrentarnos a interrogantes esenciales para la visión que tenemos de nosotros mismos. ¿Es la mente una manipulación de símbolos? ¿Puede una máquina comprender el lenguaje?

Aumento del interés social

Son preocupaciones que no sólo afectan al ámbito teórico sino que contienen fuertes implicaciones para lo que somos. No es de extrañar por tanto que los medios de comunicación manifiesten un interés constante por las aportaciones de la ciencia cognitiva y la tecnología emparentada con ellas, como la Inteligencia Artificial. ¿Pero desde cuando este creciente interés por lo que antes eran especulaciones filosóficas, y ahora también objeto de indagación de la ciencia?

Es posible situar como motivación principal de este cambio el rápido y fecundo desarrollo de las ciencias cognitivas. Sobre estas, hay que decir que estas en realidad son una especie de “híbrido” de diversas disciplinas (psicología, filosofía, Inteligencia Artificial…). Cada una de ellas aporta un elemento propio en relación a sus intereses particulares. Como resultado obtenemos un diálogo fecundo para el avance del conocimiento en relación a temas como el que pretendemos tratar aquí: la mente y su carácter consciente.

Los comienzos

Los primeros años “formativos” de las ciencias cognitivas (1940-1956), presentan como objetivo la creación de una “ciencia de la mente”. En ellos se protagoniza una “era dorada” de la perspectiva cibernética, que trae de la mano la consideración del cerebro como una máquina deductiva. Cabe decir que, a manos de John von Neumann, las ideas resultantes de las investigaciones llevadas a cabo fueron un paso fundamental para la aparición del primer ordenador digital. Mas no suficiente para desvelar el secreto que se esconde bajo la caja de calcio que llevamos sobre los hombros.

El fruto y resultado final de las indagaciones del movimiento cibernético (como popularmente se le ha venido a llamar), es la concepción de la mente como un mecanismo.

Será a partir de 1956 cuando asistiremos a uno de los principales avances para el “despegue” de este tipo de investigaciones. Durante este año, en dos encuentros celebrados en Cambridge y Dartmouth, nuevas voces como las del destacado Noam Chomsky, añadieron otras intuiciones que marcaban los ejes principales de la moderna ciencia cognitiva. Como resultado la cognición se identificará con la computación de representaciones simbólicas. En definitiva, el cerebro actúa sobre representaciones, tal y como un código simbólico lo hace con una máquina.

Impulso de hipótesis cognitivista

Así coge impulso la idea cognitivista básica de que el cerebro es un potente dispositivo cuya tarea es el procesamiento de la información, y que reacciona selectivamente ante los estímulos ambientales. En resumen, a nivel popular el cerebro se entiende como un ordenador mientras que la mente (y con ella el fenómeno de la conciencia) pasa a ser el “software” del mismo, concepción que persiste a grandes rasgos en la percepción del público en la actualidad.

Pero esta idea no está exenta de problemas, entre ellos destaca ¿cómo correlacionar la atribución de estados intencionales o representaciones con los cambios físicos que se producen en la masa gris a la que nos referimos? Es decir, ¿cómo relacionamos un pensamiento o actitud con un estímulo a nivel cerebral? En definitiva, esta concepción choca con lo que muchos estudiosos vienen a llamar “el problema del enlace. Ante el mismo, poco a poco, vienen a incorporarse al asunto, nuevas perspectivas.

Del conexionismo a la emergencia

Hasta avanzados ya los años 50 la cognición se definía como el resultado de la computación de relaciones simbólicas. Es la tendencia bautizada como “cognitivismo”. Pero la noción de representación aludida (de inspiración conductista), traía de la mano asuntos controvertidos. Es evidente la dificultad resultante de un enfoque tan reducido. Si el cognitivista afirma que la única forma de dar cuenta de la inteligencia e intencionalidad encuentra su respuesta en una cognición que actúa sobre la base de representaciones que adquieren su realidad física en el cerebro, no nos ha explicado el cómo.

El problema a resolver entonces es el siguiente: ¿Cómo podemos correlacionar los estados intencionales con la actividad de la masa gris que habita nuestro cráneo?


-Problemas del cognitivismo

La hipótesis cognitivista ha sido altamente fructífera para el avance de la Inteligencia Artificial (ya que sus principios son aplicables al funcionamiento de una computadora), e igualmente para los estudios del cerebro. De hecho, la idea de que este órgano es un dispositivo para procesar información que reacciona según los estímulos ambientales persiste, a grandes rasgos, en la neurociencia moderna y en la percepción del público en general. Pero tales ideas se enfrentaban a lagunas importantes.

La principal de ellas es debida a que el “edificio cognitivista” se alejaba en exceso de los datos biológicos. De hecho el procesamiento de información simbólico se basa en reglas secuenciales, que chocan con serias limitaciones cuando la tarea requiere una gran cantidad de este tipo de operaciones.

Por otra parte la pérdida o disfunción de parte de los símbolos referidos desemboca en un grave daño para esta hipótesis, lo cual se evita si se entiende una operación distribuida, que hoy encaja con más facilidad con los datos de la neurociencia, en referencia sobre todo a la conocida la plasticidad cerebral, la característica de este órgano que permite al cerebro cambiar sus conexiones dependiendo de cosas como nuestros hábitos.

-Conexionismo

Como resultado de estas deficiencias fue surgiendo la propuesta conexionista. En ella no partimos de símbolos, sino de componentes neuronales que apropiadamente conectados, dan lugar a propiedades globales, que a su vez se corresponderían con las aptitudes cognitivas a las que nos referimos.

En definitiva, la responsabilidad antes asignada a las relaciones simbólicas ahora pasa a la búsqueda de encontrar las conexiones apropiadas. Así, la estrategia consiste en construir un sistema explicativo no a partir de elementos abstractos (tal y como son los símbolos), sino de componentes simples que se conectarían dinámicamente entre sí.

Desde esta perspectiva, cada elemento opera en su ámbito local. Pero, dada la constitución de la red del sistema, da como resultado una cooperación general que “emerge” cuando todas las neuronas alcanzan un estado satisfactorio para el objetivo del sistema global.

-Emergencia

En este esquema no se hace necesaria una unidad procesadora que guíe la acción. Hablamos de propiedades emergentes, de las que se habla en otros campos del conocimiento. Lo que tienen en común estos fenómenos es que en cada caso una red posibilita el surgimiento de esas nuevas propiedades. Para el caso que tratamos, la red neuronal en su conjunto sería causa de la aparición del fenómeno mental.

En cuanto a los datos científicos de esta nueva perspectiva, en la actualidad sabemos que el cerebro es un sistema altamente cooperativo. Además esta clase de “trabajo en equipo” se sostiene tanto a nivel local como global. Esto implica que funciona tanto en los subsistemas cerebrales como en las conexiones que se dan entre estos sistemas.

Uno puede, por tanto, dividir (conceptualmente hablando) el cerebro en sub-secciones, según ciertos criterios como las clases de células, pero estas divisiones también están formadas por una red celular que se da como conjunto de una relación entre los pequeños elementos que la forman. En consecuencia, todo el sistema en su conjunto adquiere una coherencia interna, que aunque no sepamos exactamente cómo ocurre sí que podemos afirmar que se corresponden con ciertos patrones que nos ayudan a acercarnos al misterio que vive en el interior de nuestras cabezas.

-De la analogía del ordenador a la biología

La clave y el resultado de este paradigma es que hemos pasado de la analogía del cerebro con el ordenador, a una interpretación más cercana a la biología. En esta última el órgano en cuestión pasa a ser un sistema cooperativo con densas interconexiones entre sus componentes.

Así, mientras que antes el cerebro “era” una “computadora” y la mente cumplía el papel de software, con este nuevo enfoque el cerebro se parece más a un organismo vivo del que emerge la actividad mental como resultado de la cooperación de los elementos que protagonizan la actividad en él.

Esta visión abre la puerta a nuevas posibilidades por explorar para entender los complejos procesos cognitivos y la mente en su conjunto. Una de ellas será la propuesta enactivista que será tratada en las siguientes lineas. Y que cuenta como ingrediente con la posibilidad de la “emergencia”, pero se encuentra enfrentada a ciertas implicaciones del conexionismo más cercano al cognitivismo.

Despidiendo a la “representación”

El “cognitivismo” concibe la realidad como una cosa que está ahí de antemano, independiente al observador, y que la capacidad para acceder a ella supone un sistema de representación del individuo. En consecuencia, lo que sabe usted no son más que sombras de un mundo predispuesto con indiferencia a sí mismo. Es en realidad una propuesta algo triste. El hombre de nuevo es el prisionero de la caverna de Platón (390-370 a.C.), está vez con pocas esperanzas de ver el verdadero Sol. Pero, ¿por qué no habría de ser así? Esta idea no está exenta de problemas. Ellos son los que han dado paso al enactivismo.

Sabemos que al principio, el velo entre la realidad y el individuo se entendía como una representación, que permitió concebir la analogía con la computadora y “resolver” la cuestión del enlace con propuestas afines a la Inteligencia Artificial. Ese camino tropieza con problemas como el qualia y la subjetividad en general, que supone una “piedra en el zapato” para teorías como esta por la imposibilidad de ser integrada satisfactoriamente en la misma. Pero antes de continuar aclaremos este curioso término de suma relevancia.

-Qualia

Este concepto hace alusión a las cualidades subjetivas de la experiencia. Por ejemplo: Imagine que las células de su rodilla empiezan a producir prostaglandinas. Estas son unas sustancias químicas que sensibilizarán ciertas terminaciones nerviosas de la piel. Las mismas, cumpliendo su función, harán enviar señales a la médula espinal, que a su vez transmitirá el mensaje a su cerebro. El resultado, a usted le duele la rodilla. Pero ¿explica esto lo doloroso de esa sensación individual que le afecta?

Es claro que es ese el mecanismo por el cual sufre tan desagradable percepción, pero la cualidad subjetiva de esta no es la misma cosa. En realidad esa experiencia personal es sufrida únicamente por usted. Es algo intrínseco, y en dicho sentido quizás incomunicable. Así como lo sería el olor agradable de una rosa, que respondería a otro mecanismo distinto. Otros la olerán como usted, pero sin vivir su misma experiencia. Cada uno tendrá una sensación de ese aroma que le es propia. Pertenece a su mundo subjetivo.

En definitiva, no se trata de lo que se siente o huele, sino en el modo en el que algo se siente o se huele. Extensible a otras impresiones de este tipo y pertenecientes al campo de la subjetividad. Es este un tema candente en el campo que protagoniza este estudio.

-Problema de la representación

Aun habiéndose suavizado los supuestos de este cognitivismo clásico, los problemas no desaparecen. Cuanto el cognitivista dice que lo que sabe usted es una representación mental, no solo deja la puerta abierta a la imposibilidad de conocer al completo la realidad. Sino que sigue concibiendo que los datos que tiene de ella funcionan de manera similar a como contaba en antaño. Las entradas y salidas de información de las que se hablaba en las aportaciones de corte computacional siguen siendo la base del sistema cognitivo, solo se ha maquillado la idea. El principio que lo fundamenta late aún en lo más profundo.

El problema principal de esta hipótesis es que implica la postulación de procesos inobservables, como la conciencia, basados en metáforas computacionales en su mayoría. Para que las aportaciones requieran el carácter de científicas, estos hechos deben ser explicados por causas físicas concretas. Esto ha dado lugar a una proliferación de teorías que ponen su esperanza en el ya explicado conexionismo, pero ninguna con resultados concluyentes. Con lo que la relación entre el proceso mental y el neuronal, aunque sabida, no es explicada.

-En busca de la subjetividad

El “reproche” de la postura enactivista irá dirigido a la falta de consideración de perspectivas como esta con la experiencia vivida. Si la realidad es algo que está ahí de antemano y su conocimiento es fruto de una interpretación, el aspecto subjetivo queda en algo así como la caja de los posibles errores.

En definitiva, es posible decir que, a rasgos generales, tanto para el cognitivismo como el conexionismo la cognición se entendería como la representación de un mundo externo que nos viene dado de antemano. La enacción se presenta respecto a ello como la alternativa a la representación.

Nuestra actividad cognitiva en la vida cotidiana revela que esta forma de entender la cognición no es totalmente satisfactoria, incluso podría calificarse de incompleta. Precisamente la mayor capacidad cognitiva consiste en plantear las cuestiones relevantes que surgen en cada momento de nuestra vida. No pueden llamarse estas predefinidas, sino que emergen desde un trasfondo y son por ello enactuadas.

La crítica a la representación que implica esta propuesta se basa de forma destacada en que si el mundo vivido va surgiendo, en vez de ser predefinido, la noción de representación no puede ser la protagonista en las teorías que intentan dar una explicación a nuestra capacidad de captación del mismo.

En síntesis, con la doctrina enactiva la cogninición deja de ser un dispositivo que resuelve problemas mediante representaciones para hacer “emerger” un mundo donde el principal requisito es que la acción sea efectiva. ¿Cómo funciona este proceso desde esta perspectiva?

A través de una red de elementos interconectados capaces de hacer surgir cambios estructurales. En definitiva, así como el conexionismo coge fuerza de la necesidad de las primeras tendencias del cognitivismo por estrechar lazos con los datos de la neurociencia; la orientación enactiva da un paso más en este sentido con la intención de abarcar en su propuesta también la temporalidad del vivir. De esta forma el enactivismo requeriría que se lleve esta clase de sistema cognitivo a una situación donde lo endógeno y lo exógeno se definirían mutuamente a través de una historia que requeriría sólo un acoplamiento viable que de lugar a los fenómenos que intenta explicar.

En conclusión podemos decir que la tendencia creciente se resume en una naturalización del fenómeno mental. Y que en esta caso propuesta se pretende incluir en su comprensión el mundo vivido , aportando una explicación acorde con el sentido común y la experiencia subjetiva del protagonista de estas investigaciones.

ENACTIVISMO

Para empezar es necesario preguntarse: ¿Qué es eso que llamamos enacción? El término proviene del neologismo inglés “enaction”. Podría entenderse como “representar”, en el sentido de desempeñar un papel como lo hace por ejemplo un actor de cine. Se usa la forma “enactuar” porque el concepto “representar”, llevaría a confusión; pues es con la cognición como representación con lo que se enfrenta esta propuesta.

Se debe el origen del concepto al psicólogo Jerome Bruner (1966), que lo incluye en su teoría del aprendizaje.

Teoría de Bruner

Bruner distingue entre distintos modos con los que un individuo interpreta sus modelos mentales y la realidad, en relación con varias formas de desarrollo cognitivo. Es posible resumir esta idea refiriéndonos a la distinción que mantiene entre representación icónica, simbólica y enactiva. Esta última abre la puerta a una forma de cognición que implica la participación activa del ser.

Es decir, el aprendizaje se ejemplificaría con tocar un piano. Implica un conocimiento teórico pero necesariamente también una práctica activa en la que todo el cuerpo está implicado.  Lo cual aplicado a diferentes ámbitos tiene importantes repercusiones como podremos ver en las lineas que siguen.

La postura enactivista acoge esa participación activa del ser a la que nos hemos referido en el caso del aprendizaje de Bruner (1996) para aplicarla a otros aspectos. De esta forma, en esta perspectiva, siendo el individuo parte activa de la realidad no cabe la idea de representación en cuanto a que esta implica un individuo separado del mundo externo, que cumple un papel más parecido al de un observador.

Importancia de la experiencia

Para el caso que nos ocupa, desde la perspectiva enactivista el cognitivismo lleva implícita una paradoja importante: un saber que se ocupa de la capacidad humana de conocer parece obviar en cierto sentido un aspecto muy evidente, el ser que estudiamos no es solo un ser con capacidad de cognición sino que también es un ser que experimenta la misma. En definitiva, el individuo no solo vive y observa esa realidad que se entiende separada de él, sino que también forma parte de ella.

Esta corriente supondrá entonces una conciencia como el modo en que la mente se presenta en la existencia humana. Un modo que además implica un “estar en el mundo”. Siendo éste, en lugar de algo pre-dado, una realidad interactiva. La cognición así pasa a ser un fenómeno vivo más que una estructura estática. La analogía del cerebro como un ordenador y la mente como su software no tiene entonces aquí cabida. Pues tenemos un cerebro cuyas conexiones permite emerger una mente que no se aloja exactamente en su cabeza sino que está ahora encarnada y forma parte de la propia realidad con la que se relaciona, estando entonces esta entre el adentro y el afuera.

-La experiencia y post-cognitivismo

En consecuencia, en esta propuesta el individuo pasa a ser un agente activo y su cuerpo está integrado en su capacidad para comprender. La cognición aquí pasará a entenderse como un fenómeno vivo, que implica que la realidad no viene dada, sino que se hace al tiempo que el propio individuo en referencia a ella. Así, fenómenos como la conciencia, no son concebidos en el polo del materialismo o el idealismo, ahora pasa a ser un proceso activo. También se añade el elemento de la subjetividad, y con ello algunos como el ya nombrado qualia. Pues no se trata de una interpretación sino de experiencia. Esto supone al tiempo un ingrediente fenomenológico añadido al asunto. Así pues, estamos ante una propuesta que no es ni objetivista ni subjetivista, sino que tiene presente las variadas formas de ser en el mundo.

A pesar de todo, es necesario aclarar que no debe entenderse esta propuesta como un ataque a las ciencias cognitivas. De hecho, esta posición coge fuerza con el neurobiólogo Francisco J. Varela, que ocupó gran parte de sus investigaciones a esta disciplina. En realidad el enactivismo aspira a ensanchar las perspectivas de este campo, no a destronarlo. Le invita a acoger el problema al completo, incluyendo la experiencia vivida como otro factor de la ecuación que pretende resolver.

Podría verse aquí un intento de reconciliar la ciencia con el sentido común. Descontextualizar fenómenos como la conciencia es hacerlo desaparecer, pues el contexto de la misma implica la vivencia que tiene el individuo de ella. Podemos decir entonces, que la postura enactivista aspira a un post-cognitivismo, y a sustituir el enfoque computacional por uno corporizado y dinámico. ¿Estar´en el camino correcto? ¿Qué sacaremos de esta reciente propuesta? ¿Qué dicen las investigaciones hasta ahora sobre la misma?

Esas preguntas podrían ser objeto de estudio de otro artículo. De momento el retrato hecho hasta ahora basta para concluir que el mayor misterio del universo vive dentro de nosotros mismos. Y es que a pesar de las modernas aportaciones de las ciencias cognitivas y de que cada dís tenemos experiencia directa de ella sigue siendo un enigma aquello que llamamos conciencia.

R.D.Morliz