¡VUELTA A LA NORMALIDAD! Cuestión de Poder.

¡Vuelta a la normalidad! De eso hablan los noticiarios cada día, tras la que, al parecer, ha sido la etapa más dura de la crisis sanitaria. Pero, ¿queremos volver a la normalidad?

Sea nueva o vieja, la normalidad es una cuestión de poder. Siendo pues un término que, poco a poco, va cogiendo fuerza es necesario reflexionar sobre el mismo.

La noticia de la vuelta a la normalidad es aceptada por todos como positiva y, seguramente, así es. Pero, ¿qué supone lo que llamamos normalidad?

En realidad, la normalidad es un concepto que hemos creado para tratar de definir el conjunto de normas que  regulan nuestra convivencia. Bajo ella agrupamos el comportamiento de las mayorías, los lugares comunes, la lógica de nuestra sociedad. 

Así es que, el concepto “normal” nos sirve para distinguir qué es lo correcto y lo incorrecto, qué está bien y mal, que es moral e inmoral. Pero la normalidad sirve, además, para discriminar a todas las personas y grupos humanos que no se ajustan a los patrones y modelos que sigue la mayoría. 

Siendo así, lo que llamamos normalidad es, en realidad, una cuestión de poder. ¿A qué damos la bienvenida cuando celebramos la vuelta a la normalidad? ¿Qué poderes se esconden tras esta?

Estas son preguntas necesarias en un tiempo como el nuestro, de constante cambio, en el que debemos preguntarnos qué queremos aceptar como normal, si es que queremos.

NORMALIDAD Y PODER

Aquellos que son diferentes a esta gran mayoría se etiquetan como los anormales, los raros, los desviados, las extrañas, los ambiguos, las inclasificables, o los diferentes al resto. Así, lo normal es una cuestión de poder en una sociedad que tiende a buscar lo homogéneo.

No es algo nuevo. Es algo sabido desde hace mucho. Pero especialmente bien estudiado por un maestro del pensamiento: Foucault.

Y es que para éste filósofo francés toda relación humana estaba mediada por relaciones de poder. Atendamos, pues, a su noción de poder para, a partir de ahí, apreciar como lo que nos referimos al decir que la normalidad es una cuestión de poder.

EL PODER SEGÚN FOUCAULT

El poder no se tiene, se ejerce. Esa sería la premisa que resume el pensamiento de Foucault sobre este asunto.

Para Foucault, no existe un poder sino: relaciones de autoridades que se apoyan en distintos niveles y se interrelacionan. De ahí que Foucault analice, más que el poder, las relaciones de poder a nivel microscópico. Lo que hemos llamado instituciones.

De esta manera, el problema del poder no se puede simplificar al de la soberanía de un Estado, sino que existen relaciones de autoridad (padre-hijo, maestro-alumno, etc) que, aunque no proyectan el poder soberano, si que posibilitan el funcionamiento de este, es decir son la base en el que se afianza.

Esta concepción lleva a la vivacidad de las relaciones sociales que están por debajo de lo que solemos llamar poder. Pero estas relaciones, al tiempo, son su condición de posibilidad.

Por ello, Foucault afirma que el poder no está localizado en ninguna parte. Es decir, no se puede tener, sino que se da como producto de las relaciones sociales en conjunto, y no subordinándose a las estructuras económicas.

Vuelta a la normalidad. La normalidad es cuestión de poder.

Siendo así, si el poder esta repartido en todas las relaciones sociales, éste no actuaría por represión sino por normalización. Y es que, en este sentido, el poder no se ve sino que forma parte de la vida ordinaria.

El poder ni siquiera estaría en la ley en este sentido, sino que es un elemento que se mueve en la vida de cada uno. De ahí el que Foucault afirme que el poder no se tiene sino que se ejerce. Y se ejerce entre todos a través de lo que poco a poco aceptamos como normal. Así es como se establecen las relaciones padre-hijo, maestro-alumno, mujer-marido, etc.

Entre estos actores sociales hay una normalidad aceptada. Esta es la que mantiene las relaciones de poder a través de esa “normalidad“.

De esta manera, lo que llamamos poder, se construiría además a partir de otros subpoderes, de lo que llama el francés relaciones de poder. Muy ligadas a las relaciones familiares, sexuales y productivas. Enlazadas entre ellas y en las cuales se cumple el papel de condicionado y condicionante.

De esta manera, esa posición entre el condicionante y condicionado se mantiene a través de lo que aceptamos como normal. Y con ello establecemos esas relaciones de poder que mantienen el ideario del sistema en el que estamos inmersos.

Así la normalidad es el instrumento de poder. El que se sale del mismo, será señalado como anormal. Y con ello se mantiene un status quo, de un poder invisible, que nadie tiene pero todos ejercen.

Micro-poder tras la normalidad

Lo más interesante de esta historia es que mientras hablamos de una supuesta normalidad que procedería de decisiones políticas, aparentemente ajenas a nosotros, en realidad para Foucault los protagonistas de este discurso somos cada uno de nosotros.

El análisis del poder de Foucault, ya que está basado en las microestructuras que lo posibilitan, será necesariamente un análisis ascendente. Es decir, se parte de las relaciones microscópicas de poder para observar cómo estas han sido trasformadas y utilizadas por formas de dominación global.

En definitiva, esto implica que el poder no solo se encuentra en las instancias superiores que se hacen visibles (Estado y demás), sino en el enjambre de toda la sociedad.

Por tanto, si hablamos de que este se esconde tras la normalidad, no debemos pensar que es una normalidad impuesta desde arriba. Esta se esconde en nosotros mismos, en como nos relacionamos con el mundo.

Micro-poder y Estado

En este sentido, puede decirse que el poder en realidad, circula entre los individuos.

Aun así, esto no implica que la teoría de Foucault disuelva el poder estatal. El filósofo francés habla de pequeños subpoderes que se integrarían en uno global. Sin embargo, aunque reconoce el papel determinante del poder estatal, su meta es analizar una noción global de poder integrando aquellos elementos marginados y olvidados en este tipo de análisis.

Aun con ello, Foucault no está fuera de la realidad. Por ello, avisa de que, aunque el poder no es un objeto preexistente en el soberano que este use para dominar a sus súbditos, sí se manifiesta cuando se ejerce una situación estratégica de la sociedad, con lo que producirá elementos para la misma.

Dominados y dominantes. Relaciones de poder

De esta manera, en el ejercicio del poder y la formación del mismo, se dan dos elementos coodependientes: los dominados y los dominantes. Pero no es que uno tenga el poder y otro se someta, pues el poder no se puede adquirir, ya que no es algo físico.

Para Foucault esta relación entre dominados y dominantes es algo natural que se manifiesta en todos los ámbitos que vivimos (familia, trabajo, amistad….). Esta relación, entonces, es la base de toda relación y acción.

De esta forma, dominados y dominantes son la raíz de todo vínculo humano, con lo cual es posible una especie de resistencia, pero esta forma parte del mismo juego del poder.

Es así como esas relaciones de poder se irán basando en lo que nosotros llamaremos normal. La resistencia será lo que llamemos anormal. Manifestando una lucha que está en nuestra vida ordinaria.

De tal manera, no solo la normalidad es cuestión de poder sino que tras ella hay una ideología. Siendo así, ahora que hablamos de la vuelta a la normalidad. ¿Qué relaciones de poder se esconderán tras ella? Dependerá de nosotros. Pero cabe preguntar aún, ¿queremos realmente una vuelta a la normalidad, sea esta nueva o vieja?

Vuelta a la normalidad

Foucault nos lleva a la idea de que no hay poder localizado, sino que este se da en todas las relaciones sociales.

Así de igual forma, cuando hablamos de dominados y dominantes no hablamos de un Estado y ciudadanos, sino de algo que se da con normalidad en la vida del ser humana, y lo que llamamos poder es producto de esto mismo.

Será por ello que, a su vez, el poder es algo productivo, produce individuos, saber, discursos…estando en todo el mundo y por ello en ninguna parte. Pero al mismo tiempo que produce, y por tanto no siempre debe mirarse desde un punto negativo, también sesga nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Puesto que lo juzgamos dividiendo entre lo normal y lo anormal.

Así pues, antes de celebrar la supuesta llegada a una vuelta a la normalidad, ¿no debemos preguntarnos que queremos que acoja esta?

R.D.Morliz