¡Qué les corten la cabeza! La envidia y el Síndrome de Procusto

¡Que les corten la cabeza! Repite la malvada Reina de corazones en el famoso cuento de Lewis Carroll Alicia en el país de las Maravillas. Pero más allá de los motivos que movían a dicho personaje lo cierto es que todos alguna vez hemos escuchado esa expresión aplicada a alguna situación en la que alguien es atacado por sobresalir.

La envidia

Todos conocemos a personas incapaces de reconocer el mérito ajeno. Individuos que excusan los logros de otros expresiones del tipo “ha tenido suerte”, “tiene muchos contactos”, “se vende muy bien”, etc. También a veces excusan los éxitos de otros aludiendo a su aspecto físico, posición social, o cualquier otro factor. Todo menos reconocer el talento, trabajo y méritos. Es la envidia que nace del que teme ser superado en lo profesional, o cualquier otro aspecto.

Este tipo de actitud es la que suplanta el talento y el esfuerzo por una falsa fortuna. Injusta como poco pero, además, perjudicial para el propio envidioso puesto que, al ser incapaz de reconocer el mérito ajeno, tampoco se permite aprender de él. Y es que, si la envidia es un pecado, es el más inútil de todos, ya que mientras que la gula llena la panza, la avaricia quizás el bolsillo, o la lujuria nos llena de placeres corporales, la envidia no aporta absolutamente nada. El envidioso nunca obtendrá lo que desea del otro, no puede quedarse con sus méritos o logros, no obstante, la impotencia provoca que se atreva a ensuciarlos.

Siendo tan inútil y absurda esta actitud. ¿Por qué se produce y dónde radica su peligro? Precisamente es de lo que vengo a hablarles. Me refiero al síndrome de Procusto.

El Síndrome de Procusto

Una definición simple del síndrome de Procusto ya deja claras sus negativas consecuencias: “lo padecen aquellos que cortan la cabeza o los pies de quien sobresale”. Posiblemente todos nos hemos cruzado con personas de este tipo. Así pues, no está de más ahondar un poco más en el asunto.

De hecho, esta historia es tan vieja que el nombre que bautiza este síndrome alude a una antigua historia de la mitología griega.

El mito de Procusto

Según nos cuenta el mito griego, Procusto era un posadero que tenía su negocio en las colinas de Ática. Tenía su casa en las colinas, donde ofrecía posada a los viajeros solitarios que pasaban por allí.

Los recibía con una fingida amabilidad. Era un perfecto anfitrión, o eso le parecía a los visitantes cuando eran recibidos. Cuando los viajeros se sentían cómodos en la casa de la colina Procusto los invitaba a tumbarse un rato para descansar. La amabilidad del anfitrión los llevaba a aceptar sugerente invitación hasta que se tumbaban en una cama de hierro donde, mientras el viajero en cuestión dormía, Procusto lo amordazaba y ataba a las cuatro esquinas del lecho.

Si la víctima era alta y su cuerpo era más largo que la cama el protagonista mutilaba las partes del cuerpo que sobresalían: los pies y las manos o la cabeza. Si el caso era el contrario, es decir, si el viajero era de menor longitud que la cama, lo lesionaba a martillazos hasta poder estirar su cuerpo.

Por si esto fuese poco, existen otras versiones en las que la maldad de este personaje aumenta aún más. Pues según estas alternativas nadie coincidía jamás con el tamaño de la cama porque Procusto poseía dos, una muy larga y otra exageradamente corta, y así siempre tenía una excusa para la tortura.

Ahora bien, ¿por qué hacía esto este sádico personaje y qué fue de él?

El fin de Procusto

Los motivos de Procusto para tratar así a los viajeros son discutibles. ¿Envidiaba a los que paseaban por las montañas y podían trasladarse sin problemas mientras que él estaba solo en la cabaña? ¿Y si simplemente no tenía motivos para ello y solo hablamos de una persona que disfruta con el sufrimiento ajeno?

Sea cual sea el motivo, pues pueden ser ambos, lo cierto es que Procusto sembró el terror. Quizás tampoco existen motivos para envidiar a los otros, en lugar de admirarlos y aprender de ellos. Ya he señalado que la envidia y, con ella, la falta de reconocimiento del mérito ajeno son estériles en sentido positivo. Solo aporta dolor. Lo mismo ocurre con este personaje mitológico. No obstante, antes de hablar de el síndrome al que da nombre y de profundizar en su relación con la envidia cabe señalar qué fue de él.

Procusto continuó con su reinado de terror hasta que se encontró con el héroe Teseo. El héroe, conocido por matar al Minotauro, retó a Procusto a comprobar si su propio cuerpo encajaba con el tamaño de la cama. Cuando el posadero se tumbó, Teseo lo amordazó y lo ató a la cama. Tras ello, lo torturó para “ajustarlo” al lecho, como él había hecho a los viajeros. Le cortó los pies y, finalmente, también la cabeza. Matar a Procusto fue la última aventura de Teseo en su viaje desde Trecén hasta Atenas. Y así acabó con el horror de aquella colina.

Sin embargo, ¿es así de fácil acabar con el envidioso? ¿Con aquellos que atacan al que sobresale? Lo cierto es que no. Pero si atendemos a las características del síndrome que lleva el nombre de este siniestro personaje podemos andar precavidos ante ello. Y es que no cabe reducirlo a la envidia, si nos detenemos tras los detalles de esta historia veremos como el asunto no es tan simple.

Procusto tras una amable sonrisa

Con el paso del tiempo Procusto se ha convertido sinónimo de uniformidad y su síndrome define la intolerancia a la diferencia. La actitud hostil ante el que destaca.

La envidia es de todos conocida. Pero este caso va más allá si atendemos a las características del personaje mitológico descrito. Como he dicho, Procusto invitaba por propia voluntad a los viajeros, los trataba amablemente hasta el punto de ofrecerle descanso, pero la cama escondía malas intenciones.

Características de los nuevos Procustos

Si pasamos esto al síndrome referido el tipo de personas a las que se alude en este escrito se caracterizan por su aparente empatía. Amablemente invitan al otro, venden su gusto por el trabajo en equipo, por el entendimiento en común. Pero en realidad lo que desea es ajustar a los otros al tamaño de su “lecho”. Este lecho es su propia concepción vital. Este tipo de envidioso implica que una persona así invita al diálogo pero no cambia la postura de la que parte, más bien pretende que los otros se ajusten a su modo de pensar.

¿Duda usted de que este sea su caso? Puede tranquilizarle saber que este tipo de personaje ve al otro en las descripciones negativas, no a sí mismo. El que duda de si es su caso tiene más probabilidades de estar salvado. Recuerde que el mismo Russell, bien conocido por sus trabajos de psicología analítica, dijo una vez que: “El problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas”. Con este tipo de personas pasa algo parecido. Así que puede que su duda le esté salvando. Pero sigamos ahondando en el asunto.

Si algo caracteriza a estas personas es que cogen los sueños ajenos y los adaptan a sus limitaciones mentales para decirle al otro que no se puede, que es un iluso y que nunca alcanzará lo que se propone. Bajo ello están sus propias limitaciones, pero prefieren disfrazarlas en las del otro.

Estas personas hablan de trabajo en equipo,  escucha, tolerancia, intercambio de ideas… pero siempre como argumentos para ser escuchados, no para escuchar. Y lo peor de todo es que cuando alguien destaca lo mutilan para que entre en su cama. Es decir, cuando otra persona destaca busca la complicidad de otros para a través de la crítica mermar su ánimo.

Otra característica a destacar es que este tipo de persona suele ser políticamente correcta y su actitud está llena de sutileza. Pero es tremendamente dañina para el ánimo de los que no están enfermos de envidia.

Procusto

Lo curioso de todo esto es que el mismo Procusto también sufre. Como se ha señalado en líneas anteriores, la envidia no aporta nada, así que la constante impotencia ante el que destaque otro les lleva a un estado de insatisfacción que empeora su actitud.

También, este tipo de actitud también es dañina para el propio Procusto en otros sentidos. Pues, al no soportar a personas que destaquen más a su alrededor se suelen rodear de personas de inferiores capacidades intelectuales que ellos. De esta manera, el moderno Procusto, tiene la falsa tranquilidad de ser maestro. Con ello solo está supliendo una carencia y no se permite seguir aprendiendo en cuanto que solo soporta la posición de superioridad, disfrazada generalmente bajo una bandera de falsa humildad.

No deja de ser curioso que dicha posición la obtiene imitando a aquellos que envidia y a los que ha intentado mutilar por el simple hecho de destacar.

¿Qué se puede hacer ante este tipo de personaje?

Lo cierto es que nada. Controlar al otro es cosa de Procusto, no del que no está corroído por la envidia. Basta con que estemos alerta con el exceso de amabilidad de este tipo de personajes. Ser consciente de sus intenciones es una forma de no dejarnos mutilar por ellos. Pero, sobre todo, si queremos la mejoría en conjunto, posiblemente lo mejor que podemos hacer cada uno es evitar caer en la envidia, admirar y aprender de los otros es un paso más sensato para la mejora colectiva. Al fin y al cabo cortar la mano del otro no nos dará la posibilidad de usar tres brazos. En definitiva, la envidia es un pecado, en caso de que exista tal cosa como los pecados, que no aporta nada, pero alegrarnos del mérito ajeno da una felicidad compartida. Decida cada cuál que actitud es la que merece la pena tener.

R.D.Morliz