Heráclito en los versos de Borges

Jorge Luis Borges nació en argentina el 24 de agosto de 1899 y murió en 1986 Ginebra, Suiza, pero su figura se ha hecho eterna para los amantes de las letras. Este autor es considerado uno de los poetas y escritores más brillantes de los últimos años, dado que, a través de las letras nos empuja a la reflexión. Cuando no son cuentos son versos, pero sea como sea Borges sigue enamorando a un gran número de lectores. Imprescindible por tanto dedicarle un espacio en esta plataforma.

Aunque la figura de este maestro da para mucho, en esta ocasión empezaremos atendiendo al poema “El hacedor”. El libro en el que habitan estos versos fue publicado en el año 1960. Se trata de un texto bastante personal y subjetivo, como lo indica el mismo Borges en el prólogo de su obra maestra.

Esta obra reúne tres categorías literarias en sus páginas, como es el caso del ensayo, el relato y la poesía. En esta última destacamos unos versos especialmente, pues además de la maravillosa estética que encontramos en este autor, tras los versos es posible reflexionar sobre el pensamiento de otros sabios como Heráclito, que a través de la vida de Borges viene a retratar nuestra propia vida.

Poema El hacedor

 

Somos el río que invocaste, Heráclito. 
Somos el tiempo. Su intangible curso 
acarrea leones y montañas, 
llorado amor, ceniza del deleite, 
insidiosa esperanza interminable, 
vastos nombres de imperios que son polvo, 
hexámetros del griego y del romano, 
lóbrego un mar bajo el poder del alba, 
el sueño, ese pregusto de la muerte, 
las armas y el guerrero, monumentos, 
las dos caras de Jano que se ignoran, 
los laberintos de marfil que urden 
las piezas de ajedrez en el tablero, 
la roja mano de Macbeth que puede 
ensangrentar los mares, la secreta 
labor de los relojes en la sombra, 
un incesante espejo que se mira 
en otro espejo y nadie para verlos, 
láminas en acero, letra gótica, 
una barra de azufre en un armario, 
pesadas campanadas del insomnio, 
auroras, ponientes y crepúsculos, 
ecos, resaca, arena, liquen, sueños. 
Otra cosa no soy que esas imágenes 
que baraja el azar y nombra el tedio. 
Con ellas, aunque ciego y quebrantado, 
he de labrar el verso incorruptible 
y (es mi deber) salvarme.


Heráclito tras los versos

Un análisis del hacedor de Borges bien podría ser motivo de un ensayo aparte, pero si cabe reflexionar brevemente son sus versos en los que la naturaleza transitoria de las sensaciones es un tema del que Borges relata constantemente en el libro que los acoge, y que además trata en gran parte de sus otros trabajos. 

Y es que Heráclito, invocado en estos versos, es una figura constante en la poesía de Borges. Si revisamos la obra del autor veremos como resuena la voz del griego en varios de sus escritos. ¿Por qué resucita el filósofo conocido como “El Oscuro” en los versos de este maestro de las letras?

Heráclito, una constante

La obra de Heráclito, de la cual sólo se conservan fragmentos, comparte características con el estilo de este autor. Así como ocurre en los poemas de Borges, arte y pensamiento están en dinámica fusión en el griego. De esta forma el filósofo del VI a.C. supone, para uno de los líderes del modernismo, un buen preceptor y compañero de viaje a la hora de fomentar la reflexión.

En ambos maestros metafísica y poesía crean una intrincada fusión que se complementan. Ni Borges ni su talismán griego aceptan dicotomías o dualismos convencionales. Los dos afirman una cosmovisión de opuestos, inteligentemente unidos por la colaboración del lector-hacedor. Y es que, al tenerse en cuenta la colaboración del que lee, el lector pasa a ser hacedor en cuanto a su colaboración activa, que le da vida al texto.

Por ello, puede afirmarse que una de las semillas de la poesía de Borges la puso Heráclito el Oscuro. Algo que se da en otros poemas también, además del ya escrito, dejando patente la estrecha relación entre la buena poesía y la metafísica. Atiéndase como ejemplo de ello a un poema de Borges que lleva por título, precisamente, el nombre de este filósofo.

Heráclito
 
El segundo crepúsculo.
La noche que se ahonda en el sueño.
La purificación y el olvido.
El primer crepúsculo.
La mañana que ha sido el alba.
El día que fue la mañana.
El día numeroso que será la tarde gastada.
El segundo crepúsculo.
Ese otro hábito del tiempo, la noche.
La purificación y el olvido.
El primer crepúsculo...
El alba sigilosa y en el alba
la zozobra del griego.
¿Qué trama es ésta
del será, del es y del fue?
¿Qué río es éste
por el cual corre el Ganges?
¿Qué río es éste cuya fuente es inconcebible?
¿Qué río es éste
que arrastra mitologías y espadas?
Es inútil que duerma.
Corre en el sueño, en el desierto, en un sótano.
El río me arrebata y soy ese río.
De una materia deleznable fui hecho, de misterioso tiempo.
Acaso el manantial está en mí.
Acaso de mi sombra
surgen, fatales e ilusorios, los días.
Resurrección del Oscuro

La filosofía de Herácliro se caracteriza por la percepción del cambio incesante, del fluir de las cosas y del sujeto que las conoce. El griego propuso una razón capaz de desvelar ese constante cambio, pero haciendo mayor énfasis en él. Si algo le caracteriza es la idea de una Naturaleza como paradigma del cambio, ejemplificada con un río por el que siempre varían las aguas.

Borges, en este poema instala en una perspectiva humana el sentido del cambio heracliteano. Al ser humano, le angustia el paso del tiempo, el cambio, el devenir constante frente a la serenidad que aporta la permanencia. Esta forma de ver las cosas aporta una perspectiva existencial a la filosofía de Heráclito cuyo lenguaje debe ser la poesía, pues incluso el mismo Heráclito acudió a la expresión artística para mostrar esta zozobra que vive en cada ser humano.

Borges no solo se hará eco de estas ideas, sino que también en las formas encontramos que el poeta invoca al oscuro. El poema resulta una maravillosa recreación en castellano de aquel estilo griego oximorónico, condensado que caracterizaba al filósofo de la antigüedad. Una invención que hace Heráclito para su “oscuro propósito”, en el que se muestra la variación y el devenir a través de un recurso lingüístico en el que una palabra puede contener significados contrarios, dependiendo de la mirada del lector. Haciendo del poema, y la metafísica que se esconde tras él, un ente vivo.

El tiempo y la perspectiva existencial

El fluir de Heráclito también se aplica en los poemas de Borges a el paso del tiempo, que nos atraviesa, dando así a su poesía un carácter especialmente existencial. En estos versos el devenir no es solo el natural o espacial, sino que también es él tiempo que nos trae el futuro y nos saca del pasado, haciendo del presente aquello que se desvanece y nunca puede ser atrapado.

De ahí que Borges se pregunte en estos versos, “¿Qué es río es este…?” Y afirme “El río me arrebata…”. Pues el caudal somos nosotros mismos y las aguas que pasan el tiempo en el que estamos inmersos. Siendo así el devenir no solo algo que afecta a las cosas, sino principalmente a nuestra propia existencia.

Esto hace que la angustia vital, de la que hablaban filósofos como Kierkegaard y Unamuno, también muy presentes en la obra de este autor, sea algo inevitable. Pues, tal y como dice Borges, “es inútil que me duerma”, los días son “fatales e ilusorios”. Y es que del río del tiempo ninguno podemos escapar, el devenir es el sello de identidad de la existencia humana. No es posible escapar de nuestra temporalidad, ni siquiera descansar de ella.

Heráclito y Borges. Filosofía en verso

El tema del tiempo en la obra de Borges bien podría ser objeto de estudio en otro artículo. Pero cabe decir hasta ahora que lo aquí señalado implica un conflicto en nuestra propia vida: la relación entre lo pasajero y lo que deseamos que sea eterno. Esto es lo que produce un estado de ánimo peculiar, entre la angustia y el constante desear, cuya dimensión emocional solo puede ser descrita por el poeta. Siendo así que, en la obra de Borges, filosofía y poesía se abrazan.

No son los únicos versos en los que Borges alude a Heráclito, pero basta, de momento, esto como muestra de que de “la zozobra del griego” y la revelación filosófica que una vez le impartiera el padre al hijo, se produce una congruencia que a pocos deja indiferente. De una filosofía de la naturaleza y de la metáfora de un río pasamos a vernos en el fluir de sus aguas a nosotros mismos. Así, a través de las distancias y los siglos, la irreducible identidad personal y filosófica en que se funden Borges y Heráclito desafía a Cronos, cantándonos triunfante su continuidad de lírica sabiduría.

R.D.Morliz