Bergson. La risa como sello del ser humano.

Bergson es seguramente el filósofo francés más importante de su época. Tanto es así que puede afirmarse que su filosofía fue un fenómeno de moda. Estudió matemática y mecánica, además de filosofía. Y como resultado de estos conocimientos su obra es esencial para entender el paso del siglo XIX al XX. Lo cierto es que su vida y su pensamiento se enmarcan más adecuadamente en el siglo XX. No fue un adelantado a su tiempo pero sí uno de los pensadores que abrió un nuevo tiempo. Su figura representa un momento de transición. Con ella se da la superación del positivismo para plantear una nueva filosofía y metafísica, con una propuesta que llamará intuicionismo.

Debe tenerse en cuenta que los primeros años del siglo XX se caracterizaron por el dominio del racionalismo positivista, cuyo “mesías” era Comte. El afán de rigor y objetividad de esta corriente es percibido por Bergson como una limitación del conocimiento, del contenido de la inteligencia y de la vida. Lo real sería según el positivista lo susceptible de conocimiento positivo. Aquello que por lo general puede ser conocido a través del experimento es la fuente de la verdad. Pero para este genio esto supone un ambiente empequeñecedor y asfixiante respecto al conocimiento. El resultado de estos límites será: anhelo de espiritualidad. A la hegemonía de lo externo, mecánico y necesario se opone Bergson con una filosofía de la vida, que busca los derechos de lo interior, lo dinámico, espontáneo y libre, esto último es lo que reclamará su obra.

En definitiva, este filósofo será el abanderado de la inconmensurabilidad y singularidad de la vida. No puede reducirla a unas leyes mecánicas ni al discurso de la ciencia. ¿Puede acaso hacerlo usted con su propia vida? Bergson se negaba. Y ante esta irreductibilidad deberá buscar aquellos elementos que se escapan a esa ciencia positivista pero que son de enorme importancia para nuestra existencia. Entre los cuales, en este artículo destacaré el papel de la risa.

Los dos mundos

Como he dicho en líneas anteriores, enfrentándose a la corriente positivista, el francés será el abanderado de la singularidad de la vida humana, al no ser está reducible a las leyes naturales. La risa será un perfecto ejemplo de ello, pero antes de abordarla será conveniente recordar qué concepción de la realidad tiene Bergson y cómo cree que podemos conocerla. A este respecto, y simplificando en lo posible, el francés destaca la diferencia entre dos ámbitos fundamentales:

-El primero de ellos es el espacio. En él encontramos lo estable y necesario, la materia, lo exterior. Su contenido es de carácter útil y será objeto de estudio de las ciencias naturales.

-Pero por otra parte también contamos con el tiempo. Aquí llega la gran cuestión para este genio. En el tiempo encontramos lo dinámico y espontáneo, la vida, la experiencia interna, y es este precisamente el objeto de la filosofía. Aquí está el ingrediente constitutivo de lo que llamamos realidad, que sólo se conoce desde dentro, en el contacto inmediato e intuitivo. Así, lo real es lo vivido.

Respecto a esto último sería posible decir que el pensamiento de Bergson tiene tintes fenomenológicos. Y no solo porque atienda a la experiencia de la vida, sino porque además la filosofía de Bergson tendrá como objetivo la irreductibilidad de la conciencia o espíritu a un conjunto de datos científicos. Está en la búsqueda de una nueva forma de describir lo que somos.

Pensamiento trascendental frente al positivismo

Cabe advertir respecto a lo dicho que no son pocos los que, por negarse a reducir al ser humano a la ciencia, acusan a Bergson de espiritualismo. Lo cierto es que él mismo usa este término. Pero de hacerlo, los lectores, debemos tener en cuenta algunas reservas.

En francés la palabra esprit, es decir, ‘espíritu’, suele usarse para designar a la conciencia, así como en alemán a la cultura. Por ello, cuando Bergson dice que el espíritu humano no puede ser captado por las ciencias naturales, en realidad no está acudiendo a la metafísica tradicional. Con espíritu no alude a una entidad etérea, sino a algo de carácter trascendental en tanto que no es reductible únicamente a elementos físicos, más no por ello alejado de la realidad. Es algo metafísico en tanto que está más allá de la física. Pero no estamos ante un pensamiento propiamente religioso, sino trascendental, que no es lo mismo.

Bergson se aparta de la concepción dual (es decir, del enfrentamiento entre lo externo y lo interno) a través de su propuesta. Pero establece dos ámbitos del conocimiento diferentes, el científico y el filosófico, y en cierta medida distingue entre el espacio y el tiempo tal como distingue el conocimiento de lo natural y lo metafísico. No estamos ante un dualismo clásico a lo cartesiano, pues entre ambos mundos hay relación, de hecho el punto de unión seríamos nosotros y nuestra propia experiencia.

En este contexto y pensamiento podemos decir en definitiva que el objetivo real de la filosofía de Bergson (más allá de la crítica al positivismo, que también) es realmente recuperar determinadas dimensiones de la conciencia, perdidas por el idealismo. Pretende describir la vida humana añadiendo ella la propia experiencia que tenemos de la misma, el sentimiento inmediato de las cosas. En última instancia, busca no reducir el ámbito del conocimiento a la ciencia tal y como estaba ocurriendo en aquél momento con el éxito del positivismo.

Del positivismo al espiritualismo

Lo curioso de esta lucha contra la concepción positivista del ser humano es que la propia formación de Bergson es positivista. Tanto es así que los autores claves para la construcción de su pensamiento serán Darwin (1859. El origen de las especies) y Spencer. De éstos toma el evolucionismo y su noción de inteligencia, pero lo depurará de sus rasgos naturalistas y positivistas.

La evolución —y con ella la vida, y sobre todo la vida humana— es para Bergson una inversión de materia en el tiempo hacia lo superior. En definitiva, lo que supone esto es anteponer la conciencia a la materia en su definición de la vida.

¿De dónde saca estas ideas? Pues de que, como todo buen sabio, sus fuentes son variadas y Bergson también tiene influencias de Kant y los neokantianos, de Schopenhauer y de la tradición personalista francesa. Esta última es la más cercana a lo que llamaríamos después existencialismo e implica la radicalidad de la persona y el espíritu, la libertad, el análisis de la vida interior, la conciencia y la experiencia interior vistas como conocimientos superiores.

La mezcla de estas influencias en una mente brillante es lo que hace de Bergson un filósofo tan peculiar. El mayor representante del intuicionismo. Éste último, a rasgos generales, lo que destaca es la validez de un conocimiento no necesariamente científico en cuanto a la ciencia. Frente a esta corriente, la intuición sería otro medio para conocer igualmente válido. De hecho Bergson defenderá la prioridad de la intuición sobre los otros medios, como la razón.

Este giro que supone la filosofía de Bergson se da como resultado de las dos grandes tendencias que dan lugar a su pensamiento: el espiritualismo (recuerde el lector el sentido de la palabra espíritu descrito anteriormente, no en cuanto entidad abstracta, sino como conciencia); y vitalismo. El espiritualismo y el vitalismo (a principios del siglo XX) serán las “armas” de la reacción ante el positivismo, con el fin de establecer el carácter irreductible del ser humano a la naturaleza.

La estrategia consistía en encontrar y acreditar ciertos aspectos (por lo general: valores estéticos y mentales, como la libertad) que constituyen el «mundo del espíritu» y hallar caminos, que sean distintos a los de las ciencias naturales, hacia esos ámbitos. Entre estos aspectos la risa tiene un valor especial en Bergson. Pero, y por experiencia humana difícilmente podemos llevar la contraria aquí al francés, ésta es una experiencia íntima, vital, y la ciencia poco puede desvelar sobre ella. Para este pensador, el medio para llegar a estos aspectos irreductibles del ser humano no es la ciencia, sino nuestra amada disciplina.

Implicaciones para la disciplina filosófica

Siendo la filosofía el medio para desvelar estos secretos humanos Bergson le esta dando a ésta una tarea que le es propia y que la diferencia del saber científico. Aunque esto hoy parezca claro, lo cierto es que, dicha aportación es toda una revelación en su momento. La tendencia mayoritaria en su tiempo es un positivismo que se “cuela” en todos las ramas del conocimiento, incluida la filosofía. Con el riesgo de que solo quedase un discurso válido, el científico. Pero la diferencia establecida por Bergson abre la puerta a una filosofía que aunque debe tener en cuenta las aportaciones de la ciencia no está al servicio de la misma. Así pues, las consecuencias son notorias para la disciplina.

Entre estas cabe destacar algunas de ellas especialmente.

  • Si encontramos dos ámbitos del conocimiento, uno dirigido por las ciencias naturales y otro accesible con la filosofía referido a la parte más íntima del ser humano, la filosofía no puede ser absorbida por la ciencia. De hecho, ambas tendrán problemas y procedimientos distintos.
  • No menos destacable es la marcada especificidad del ser humano desde esta perspectiva. Y es que encontramos un ámbito no descriptible por el discurso positivista. En él hallamos nuestra interioridad (incluyendo a la memoria), la libertad, la conciencia o la reflexión. Las consecuencias para un discurso antropológico con el que cada ser humano pueda sentirse identificado aún son objeto de estudio.
  • Si la filosofía se muestra como un procedimiento distinto a la ciencia Bergson deja con ello al descubierto la necesidad de un método propio que escuche la voz de la conciencia. Y con ello nos pone en la pista de sus intenciones últimas. Y es que, precisamente a esto hoy le llamamos método fenomenológico. A este respecto cabe decir que Bergson nació el mismo año que Husserl, creador de esta corriente. Es muy probable que estuviese influido por la fenomenología de éste. Pero también debe tenerse en cuenta que Husserl triunfa en mayor medida después de morir, pues no publicó todas sus obras en vida. A Bergson le hubiera encantado conocer los textos que hoy tenemos del primero, seguramente, pero sólo pudo asistir al nacimiento de una oleada, con lo cual aunque la influencia es clara tampoco pudo desarrollar el método que buscaba y que ya el alemán tenía apuntado en sus cuadernos. Bergson, entonces, no es exactamente un fenomenólogo, pero camina muy cerca de la fenomenología, aunque a lo suyo le llamamos intuicionalismo, su objetivo es muy parecido al de posteriores autores de dicha corriente.

Como resultado nos legó una brillante obra que le convirtió en un gran fenómeno europeo, cuya culminación se dio en Francia. Llegó para hacer del intuicionismo una forma de atender a cuestiones que importan a cualquiera de nosotros. Tales como los derechos de la conciencia y los derechos inalienables de la persona. Estos problemas eran percibidos como urgentes y a ellos no respondían las ciencias particulares. Así, frente al discurso abstracto del científico aparece una filosofía que empatiza con la existencia de cada uno de nosotros, cuyo discurso es compatible con nuestro sentido común. Imposible quedar indiferente ante la misma.

La cuestión del tiempo

El objetivo de Bergson entonces no sólo será encarar las corrientes positivistas sino desgranar la vida humana y aquello que se le escapa al discurso científico. Al pretender semejante tarea se topó con lo que se convertiría en el problema central de su pensamiento: la cuestión del tiempo. Y es que el tiempo real, vivido, no puede entrar en las fórmulas de las ciencias, porque éstas se interesan solamente en lo que es susceptible de medida.

Esto indujo a Bergson a entregarse al estudio de todos aquellos modos de ser que escapan a la medida y a la ciencia, y que exigen un modo de conocimiento distinto. Se separaba así del positivismo para adentrarse en la ya referida “filosofía de la intuición”.

Además de lo señalado, dejaba también el camino de la explicación por medio de las matemáticas para intentarlo a través de las ciencias biológicas, psicológicas y sociológicas, manteniendo el mismo respeto hacia la experiencia. Siempre por este “respeto por la experiencia”, Bergson se propone una descripción de los estados de conciencia aprehendidos directamente mediante la introspección, y contra la psicología experimental positivista, que pretende poner en relación los datos internos de la conciencia con los hechos físicos externos.

Ahora bien, los hechos psíquicos se viven en una dimensión distinta a los hechos físicos. Por ello, para descubrir estos aspectos humanos irreductibles a la ciencia Bergson deberá acercarse a la metafísica. La metafísica penetra en el fondo, invirtiendo la dirección natural del pensamiento con un acto de conocimiento interior que Bergson llama intuición. La intuición es esa simpatía mediante la cual uno se inserta en la interioridad de un objeto para coincidir con lo que éste tiene de único. Con la intuición, Bergson encuentra un método cognoscitivo contrapuesto al método científico y adaptado al objeto que la ciencia , por su propia naturaleza, deja fuera. Pero ¿qué nos diría esta intuición sobre la risa? ¿Qué relación guarda una cosa con la otra? Mucho más de lo que parece.

La risa: rompiendo la mecanización de la vida

Tengamos en cuenta que lo que Bergson busca es afirmar la irreductibilidad del ser humano al ámbito científico. La risa será otra aliada para ello, a la cual dedica un tratado (La risa, 1899).

En primer lugar, para Bergson la risa es un gesto social que “castiga” la mecanización de la vida. Ocurre cuando:

-un cuerpo no se mueve al ritmo de la vida. Lo cual no sería posible afirmar sin la concepción del tiempo que aporta Bergson pues ese ritmo es vital y no científico. Ya que una cosa es el tiempo vivido y otra la medida científica de este. Un ejemplo de esta situación sería cuando alguien tropieza, se ha producido una ruptura en el tiempo y el ritmo vital en cuanto que ha ocurrido lo no esperado. Esto daría a lugar a la falta de criterio temporal cuando estamos riendo. ¿No se les pasa el tiempo volado? ¿No indica esto que la percepción interna del tiempo es muy diferente al discurso científico sobre el mismo?

-Pero esto no es todo, la risa también aparece cuando una idea no se adapta a las nuevas situaciones. Por ejemplo, cuando una afirmación se repite, de nuevo lo inesperado provoca esta divertida reacción. ¿Puede predecirse nuestra risa en una situación tal, como busca la ciencia positivista? Seguramente no, la risa es íntima, así como su duración. Hemos encontrado una parte irreductible de nosotros mismos.

-Según Bergson, esta fantástica reacción también se da cuando se trata a alguien como cosa. Por ejemplo, cuando se montan encima de alguien tratándolo como un caballo. Es decir se le reduce su ser a cosa, o más bien a algo que no es su ser, de ahí la gracia del disfraz también. ¿Por qué ocurre esto? ¿Es simplemente la ruptura con lo ordinario? Sigamos con Bergson, a ver hasta donde nos lleva.

Si es posible sacar unos puntos en común entre todos lo cierto es que para Bergson quien ríe es la sociedad, que al igual que le ocurre la vida, tiene como ley fundamental la de nunca repetirse.

Pero este autor va más allá de la risa en relación a la sociabilidad. Pues aún cabe preguntarse. ¿Por qué nos reímos, y casi siempre de las mismas cosas independientemente incluso de los marcos culturales?

¿Por qué nos reímos?

Buscando la respuesta a esta pregunta Bergson profundizará en la risa como fenómeno humano. Cabe decir que el tratado analiza mucho el asunto, y es algo imposible resumir en un escrito como este, estando a la altura de este maestro. Pero cabe destacar algunas aportaciones llamativas sobre el asunto.

Factor humano

En primer lugar, fuera de lo que es propiamente hu-mano, no hay nada cómico, dirá Bergson. No es solo que sólo el ser humano ríe, sino que ríe si ve o recuerda como humano lo que le provoca la risa.

Por ejemplo, una máscara ridícula tiene gracia si imaginamos a alguien con ella puesta. Es decir, en cuanto que le otorgo un sentido humano, de lo contrario en una estantería parada no tendrá la misma gracia. Siendo así, esto implica también que un paisaje podrá ser bello, sublime, insignificante o feo, pero nunca ridículo. Si reímos al mirar un animal, será por haber interpretado en él una actitud o una expresión “humana”. También nos reímos de una máscara, no porque el material que la compone motive por sí mismo nuestra risa, sino por la forma que los hombres le dieron, por el capricho humano en que se moldeó.

Cabe recordar que tal y como dice Bergson muchos han definido al hom-bre como “un animal que ríe”, es decir, el no es el único que destaca esto. Pero, ciertamente ,el analista más destacado en este sentido, de hecho ejerce no pocas influencias en la psicología, no es otro que este autor.

Medio natural de la risa: La anestesia del corazón

También destaca el francés un aspecto esencial que es el que realmente posibilita el fenómeno de la risa: la insensibilidad que de ordinario la acompaña. Esto implicaría que lo cómico sólo puede producirse cuando recae en una superficie especial. Su medio natural es la indiferencia.

En ese sentido, no hay mayor enemigo de la risa que la emoción. No significa que no podamos reírnos de una persona que, por ejemplo, nos inspire piedad y hasta afecto; pero en este caso será preciso que por unos instantes olvidemos ese afecto y acallemos esa piedad.

Esto explicaría la risa que puede producirse en un tanatorio, en parte, pues al acallar esa emoción la usamos inconscientemente como vía de escape del dolor, anestesiando el dolor que anida en el corazón en la situación dada. O también explicaría que nos riamos de alguien que cae al suelo, cierta indiferencia a su dolor puede provocar una carcajada de la que a veces incluso nos arrepentimos. Y es que la risa parece que manda más que nosotros, a veces. Desde esta perspectiva dirá Bergson que:

“en una sociedad de inteligencias puras quizá no se llorase, pero probablemente se reiría, al paso que entre “almas” siempre sensibles, concertadas al unísono, en las que todo acontecimiento produjese una resonancia sentimental, no se conocería ni comprendería la risa. Probad por un momento a interesaros por cuanto se dice y cuanto se hace; obrad mentalmente con los que practican la acción; sentid con los que sienten; dad, en fin, a vuestra simpatía su más amplia expan-sión, y como al conjuro de una varita mágica, veréis que las cosas más frívolas se convierten en graves y que todo se reviste de matices severos.

Desimpresio-naos ahora, asistid a la vida como espectador indife-rente, y tendréis muchos dramas trocados en comedia. Basta que cerremos nuestros oídos a los acordes de la música en un salón de baile, para que al punto nos parezcan ridículos los danzarines. ¿Cuántos he-chos humanos resistirían a esta prueba? ¿Cuántas cosas no veríamos pasar de lo grave a lo cómico si las aislásemos de la música del sentimiento que las acompaña?”

La risa, Henri Bergson

En definitiva, lo cómico, para producir todo su efecto, exige como una anestesia momentánea del corazón. De esta forma, con la desaparición de la emoción, la risa se dirige a la inteligencia pura.

A este respecto también es destacable que, al igual que se ha definido al ser humano como un animal que ríe, es posible definirle al tiempo como un animal que hace reír. Y es que si algún otro animal o cualquier cosa inanimada produce la risa, es siempre por su semejanza con lo humano, por la marca impresa por el ser humano o por el uso hecho por éste.

La risa tiene eco

Tampoco debe pasarse por alto que esta inteligencia a la que he aludido en lineas aanteriores ha de estar en contacto con otras inteligencias.

Somos seres sociales por naturaleza, y esto también se verá reflejado en el fenómeno de la risa. Y es que, según Bergson, no saborearíamos lo cómico si nos sintiésemos aislados. Es decir, la risa necesita de un eco.

Para ilustrar esta característica imagine usted, lector o lectora, que cuenta un chiste que le parece muy gracioso. Si el interlocutor no hace un gesto que sea recíproco, es decir sonríe, difícilmente reirá usted mismo como lo haría si respondiese con una carcajada. Igualmente valdría el caso de ver una comedia divertida en el cine. El espectador ríe más fácilmente contagiándose de la risa de los otros.

En definitiva, la risa no es un sonido articulado, neto, definido; es algo que querría prolongarse y repercutir progresivamente. Este mágico fenómeno humano rompe en un estallido y retumba cayendo como un alud, es decir va contagiando. Por ello, es posible afirmar que es por excelencia social en este sentido. Además, también hacemos reír también para reírnos. Es decir, aunque es posible reírse en soledad, son pocas las veces y normalmente ocurre recordando un momento compartido con los otros.

Y es que este bello fenómeno nos obliga a compartir, y lo mejor de todo, estamos compartiendo nuestro yo de la inteligencia pura. De esta forma Bergson dice que “Nuestra risa es siempre la risa de un grupo”. ¿No les ha ocurrido que estando en grupo alguien cuenta algo de lo que todos ríen pero usted no puede compartir la carcajada con la misma intensidad porque no estuvo presente en el momento que ocurrió? Esto precisamente es lo que delata que la risa suele ser un fenómeno compartido, a pesar de que muestra una cualidad íntima del ser humano también revela la importancia de lo social. Además de otorgarnos la bella reflexión de que es posible que cuando ria uno riamos todos.

Relevancia social de la risa

Lo descrito en líneas precedentes implica entonces que para comprender la risa hay que reintegrarla a su medio natural, que es la sociedad. Por tanto, es necesario determinar ante todo su función útil, que será una función social. La risa debe responder a ciertas exigencias de la vida en común. La risa debe tener una significación social.

A este respecto, Bergson ve en la risa una planta que hunde sus raíces en la afirmación del yo, y que además aporta un beneficio tanto social como humano (la prueba del beneficio social es la humillación que se suele sentir al ser objeto de burla). Siendo así, la sonrisa es salud y acercamiento a nuestra inteligencia pura.

Pero, sobre todo es un acercamiento a los otros, nos abre a compartir lo que somos al tiempo que nos anestesia el corazón haciendo posible una existencia más placentera. Irreductible, como dijo Bergson, a un conjunto de datos científicos, hablamos de un fenómeno humano que merece la pena fomentar y disfrutar a partes iguales. En unos tiempos en los que ésta cuesta bastante cara, pues no son pocos los humoristas que han debido enfrentarse incluso a pleitos judiciales por sus bromas, rescatar la importancia de la risa puede acercarnos más a nuestro ser más característico, aquél que no solo forma parte de lo que somos, sino nos une haciendo de a vida una experiencia más llevadera.