El misterio de la autómata de Descartes

Descartes es conocido por ser uno de los más destacados genios de nuestra historia. Considerado el padre del racionalismo, este autor es uno de los más influyentes de la disciplina filosófica y el alcance de su obra llega hasta nuestros días. Lo hemos idealizado como uno de los hombres más lógicos de la modernidad. Sin embargo, a todos nos afectan nuestra emociones, y en este caso no es menos.

De hecho, existe una leyenda en torno a éste autor, que nos cuenta como fue uno de los dolores más grandes de su vida el que generó “una historia de cine”. La de una autómata que le acompañó durante no poco tiempo y a la que el genio francés llamaba cariñosamente mon fill Francine, en memoria de su hija fallecida, a la que muchos ya han olvidado.

El gran racionalista superado por la emoción

Descartes, como la mayoría de los fundadores de la Modernidad, evoca múltiples imágenes, pero siempre asociadas con un uso exquisito de la razón.

Quienes atienden a su trabajo en las matemáticas, lo asocian inmediatamente con los ejes cartesianos. Si acudimos a su papel en la historia de la medicina, es el padre de la “iatromecánica”, es decir, la fisiología mecanicista. También en la física hizo sus aportaciones. En dicho campo su nombre se asocia con el principio de la inercia. Y, en la filosofía, es un auténtico ilustrado. Para el gran público, su nombre es identificado de manera inmediata con la famosa fórmula pienso, luego existo. Pero además de pensar, Descartes sentía. Como a todo ser humano, el dolor no le era ajeno.

La muerte de su pequeña Francine

Y fue precisamente la emoción la que venció a la racionalidad en esta historia, o se fundió con ella, juzgue el lector según le parezca. Este “dominio” de su cara más emotiva llegó tras una terrible tragedia: la muerte de su única hija, producto de una fugaz relación con una criada. Se llamaba Francine y tenía solo 5 años. Este hecho supuso una pérdida que llevó al pensador a una profunda depresión. De la que solo pudo salir poniendo sus capacidades racionales al servicio de su corazón.

La pequeña Francine murió por la escarlatina. Aunque la mayoría de biógrafos pasó por alto esta historia, lo cierto es que los que se hicieron eco de la misma decían que Descartes se quedó mirando al vacío, como si el mundo se hubiese parado. No derramó ni una sola lágrima. No todos rompen en llanto cuando la pena llama a su puerta. Hay quien cae en un estadio de apatía que no les permite hacer otra cosa más que seguir respirando por inercia. Éste, supuestamente, fue el caso del genio, su dolor fue tan intenso y continuado, que prácticamente se convirtió en un maniquí.

Pero hablamos de una de las grandes mentes científicas. ¿Estaba roto por el dolor, o pensaba en la forma de abordar tan difícil acontecimiento? Por lo que sabemos hoy, el dolor fue real. A pesar de los prejuicios, Descartes había reconocido a la pequeña, nacida de una aventura. Aunque también es cierto que la presentaba como su sobrina, la llevaba consigo a menudo y se preocupaba por su educación. La tragedia unida al misterio de la vida de un genio provoca necesariamente la participación de la fantasía. Por ello, a partir de aquí surge una historia en la que es muy complejo diferenciar entre realidad y ficción.

Según esta historia, tras meses envuelto por la pena, Descartes, inesperadamente, decidió declararle la guerra a la muerte. Necesitaba vencer a la parca, que injustamente le había arrebatado a su pequeña. ¿Era eso posible? Lo cierto es que no, pero hablamos de un genio, con lo cual la batalla estaba servida. Y producto de sus esfuerzos, llegó a límites insospechables.

Jugando a ser Frankestein

Fue en ésta época cuando el francés comenzó a estudiar los secretos de la medicina. Y como no podía ser de otra forma, sacó partido de ello. Pues, como señalé en líneas anteriores, esto daría lugar a su visión mecanicista del cuerpo humano, que aunque no acertada del todo, permitió el avance en muchos aspectos de la disciplina médica. Descartes, para ello, jugó a ser una especie de Frankestein. El amante del saber quería conocer los secretos del funcionamiento del cuerpo humano.

Su biblioteca se convirtió durante un tiempo en una especie de morgue improvisada en la que depositaba cadáveres (de animales o humanos) para realizar estudios de anatomía. Se encerraba durante días enteros, se centró en la tarea de investigar casi de manera obsesiva. 

Como resultado de los estudios que llevó a cabo terminó concibiendo el cuerpo humano como una especie de máquina y, finalmente, concluyó que todos los fenómenos naturales podían ser explicados a través de la mecánica; incluso la vida misma. Había nacido el mecanicismo. Pero,¿ aliviaba esto el dolor que sufría?. Ni mucho menos, por ello la historia o la leyenda no acaba aquí.

Del mecanicismo a la creación de su hija autómata

El mecanicismo de Descartes ha tenido un largo recorrido en la historia. Concebir que el cuerpo humano, y por extensión toda la realidad material, funciona como una especie de maquinaria conlleva a que saberes como las matemáticas nos pueden ayudar a desvelar las leyes intrínsecas al aparente devenir natural. Esta concepción ha sido muy fructífera para el avance del conocimiento científico durante mucho tiempo. De hecho, posteriores sabios como Newton se basarían en una idea parecida, y no son pocos los descubrimientos que éstos han dejado a su paso. Sin embargo, los avances no eran consuelo para el genio francés, que como padre seguía sin aceptar que la parca se había llevado a su hija.

Por ello, se cuenta que Descartes terminó pasando de la teoría a la práctica. Ante la imposibilidad de traerla de vuelta, la misma mecánica que creía podía ayudarle a desvelar el funcionamiento de la realidad trajo de la mano su consuelo. Y es que sus conocimientos en este campo del saber le permitieron llevar a cabo la que para él sería una de sus más brillantes creaciones: una autómata, usando como modelo a su hija fallecida. Si no podía vencer a la parca, al menos, haría palpable su recuerdo de la pequeña.

La nueva Francine

Así, su conocimiento en la mecánica le llevó a la construcción de lo que para nosotros sería hoy una muñeca que funciona por un mecanismo parecido al de la relojería, pero que para el francés sería mucho más. La autómata medía aproximadamente un metro y tenía un rostro alegre realizado con una máscara de porcelana holandesa y supuestamente pintado con pigmentos naturales que procedían de plantas de los Alpes. Descartes puso todos sus esfuerzos hasta que al fin consiguió una imagen que, se cuenta, era bastante parecida a la de la pequeña Francine, ya fallecida. Según ésta leyenda, la similitud era tal que el filósofo la llamaba mon fill Francine (mi hija Francine), aceptándola como tal sin cuestionarse su mecanismo.

Tanta importancia cobró esta creación en su vida que la trató como la hija que nunca debió perder a una edad tan temprana. El genio le hablaba, consultaba con ella algunos problemas a los que se enfrentaba en sus proyectos y en su vida, la sentaba a la mesa y la leyenda cuenta que incluso le cantaba canciones de cuna antes de dormir. No venció a la parca, pero la mecánica y su imaginación le “trajeron de vuelta” a su pequeña. ¿Había perdido el genio la cabeza?

Los autómatas

Lo cierto es que la cuestión de los autómatas se remonta a mucho antes que Descartes. Cierto es que, de ser cierta ésta historia, la actitud del francés respondería a la depresión resultante de no aceptar el fallecimiento de su hija. Pero debemos atender igualmente al contexto. No sabemos hasta qué punto hablamos de una leyenda basada en algo real. Su hija existió. Falleció a esa edad por los motivos señalados. Pero no tenemos nada sobre la autómata más que testimonios e historias cuyo origen es de tradición oral.

Sea lo que sea lo que originó ésta historia, tampoco sería extraño que el francés hubiese creado un autómata, de hecho trato él asunto en sus estudios de mecánica, aunque no con referencias explícitas a este caso. Otra cuestión es los motivos que románticamente se aluden. Pero debe tenerse presente que la creación de la autómata no sería exclusiva del francés. Por ello, antes de llegar al final de esta historia, me pararé para, brevemente, esbozar algunas cuestiones a este respecto.

La imagen del autómata hecho a imagen y semejanza del ser humano ha prevalecido en las culturas desde hace muchos siglos. El afán por fabricar máquinas capaces de realizar tareas independientes ha sido una constante en la historia, a través de la que se han descrito infinidad de ingenios, antecesores directos de los actuales robots.

La búsqueda del autómata

Los primeros autómatas se remontan al principio de nuestra historia, cuando intentábamos que las estatuas que representaban a los dioses tuviesen un movimiento propio. De hecho, suele aceptarse que hacia el año 1300 a. C., Amenhotep, hijo de Hapu, hace construir una estatua de Memon, rey de Etiopía, que emite sonidos cuando la iluminan los rayos del sol al amanecer. Los egipcios desarrollaron modelos matemáticos muy avanzados y construyeron automatismos muy sofisticados, como el reloj de agua.  Esto permitía que dichos conocimientos se aplicasen en este tipo de creaciones, cuyo mecanismo era similar al de la relojería, para que diesen la impresión de tener vida propia.

A veces el objeto era el divertimento, en otras ocasiones la decoración…Los motivos eran múltiples, pero, sea como sea, desde que empezamos a poner a prueba la mecánica intentamos hacer una figura humana que ejercieran las tareas de lo que hoy llamamos un robot.

De la relojería al automatismo

Los relojes pueden considerarse como las máquinas antiguas más perfectas, muy cercanas al concepto de automatismo y, consecutivamente, a la de robótica. Es frecuente hallar relojes que incluyen figuras humanas móviles que se mueven con el orden de las horas. El reloj de la catedral de Munich y el reloj del Ánker de Viena son buenos ejemplos. El Gallo de Estrasburgo, el robot más antiguo que se conserva en la actualidad, funcionó desde 1352 hasta 1789. Formaba parte del reloj de la catedral y, al dar las horas, movía el pico y las alas.

Lo cierto es que para nosotros, mucho más avanzados tecnológicamente, puede que estos ejemplos resulten absurdos. Pero cabe decir que son ellos el antecedente directo de la robótica y que la impresión que daba en el espectador de la época era como poco asombrosa. Para el que no conocía el complejo funcionamiento de estas invenciones, poco mas que los objetos estaban cobrando vida.

En el medievo, con el avance en el campo de la mecánica, estas invenciones se popularizaron, y no son pocas las grandes mentes que dedicaron sus esfuerzos a este tipo de creaciones.

Ejemplos de autómatas

Si atendemos a la época más cercana a Descartes, pues de encontrar intentos como éste podría remontarnos a la genialidad de los antiguos, es posible recurrir a otros ejemplos que se popularizaron haciendo de éstos autómatas algo especialmente atractivo para la sociedad de su época.

Los autómatas más famosos del medioevo son el hombre de hierro de Alberto Magno (1204-1282) o la cabeza parlante de Roger Bacon (1214-1294). Pero si hay invenciones de este tipo especialmente conocidas son las de Leonardo da Vinci (1452-1519).

Autómatas de Da Vinci

Éste maestro construyó para el rey Luis XII de Francia un León Mecánico, que se abría el pecho con la garra y mostraba el escudo de armas real.

El león mecánico de Leonardo da Vinci se perdió hace tiempo, pero quedaron dibujos detallados de los mecanismos que nos han permitido ver cómo el inventor logró hacer funcionar al animal. Utilizando esos dibujos y las descripciones escritas, ha sido posible recrear el león mecánico.  Siguiendo las instrucciones de éste genio del renacimiento, el autómata se activa manualmente como un reloj antiguo. Luego, camina al menos diez pasos hacia adelante, mueve su cabeza de un lado a otro, abre y cierra la mandíbula y mueve la cola hacia arriba y abajo. Además, un mecanismo secreto fue construido en la melena para que cuando se toca un lugar en particular, una trampilla se abra en la quijada del animal dejando caer numerosas flores de lis.

Reproducción del león autómata de Da Vinci
Reproducción del león autómata de Da Vinci

No es éste el único ejemplo que nos legó el genio de Da Vinci. También, en 1495 ya había diseñado uno de los primeros autómatas humanoides del mundo occidental: un caballero con armadura, capaz de incorporarse, agitar los brazos, mover la cabeza (tenía un cuello flexible) y abrir y cerrar la mandíbula. Estas máquinas se relacionan con el canon anatómico del hombre vitruviano y sus claves matemáticas.

Por si esto fuese poco, alrededor del año 1500 diseñó también una máquina de cálculo, predecesora de la que Blaise Pascal inventaría más de un siglo después por lo que el genio italiano proyectó la robótica desde el punto de vista formal y computacional. Se estaba adelantando a su tiempo, y estos autómatas que hoy nos parecen simples en realidad son el antecedente de los robots que hoy nos acompañan.

Otros casos de autómatas

Por supuesto, el caso de Da Vinci no es el único. Salomón de Caux(o Caus) (1576-1626), estudioso del vapor como fuente de energía, construyó diversos automatismos tomando como base la jardinería (fuentes, pájaros). A inicios del siglo XVI Hans Bullmann fabricó una pequeña orquesta de autómatas; en 1533 Johann Müller, conocido como Regiomontanus, construyó en Nuremburg varios pájaros voladores de metal y madera; y diez años más tarde John Dee presentó en Inglaterra su escarabajo de madera capaz de levantar el vuelo.

El afán por traer a un “ser humano mecánico” no entendía ni de épocas ni fronteras. En la España del siglo XVI Juanelo Turriano (1500?-1585), relojero del emperador Carlos V, nos trajo el “Hombre de Palo”, un monje autómata capaz de andar y mover la cabeza. Este último ejemplo, más cercano en el tiempo al caso de Descartes, se asimila más a las descripciones que se dan de la “hija autómata” del francés, que intentaría traer practicamente una persona. Como vemos, en realidad lo extraño no era pues la construcción de la autómata, sino el trato que supuestamente le daba a ésta, cuidándola como a su propia hija. De ser cierta la hiStoria… ¿Qué ocurrió con ella? ¿Por qué hoy casi no se la recuerda?

El final de la hija autómata

Si continuamos con la leyenda, la llegada de la autómata le devolvió la alegría al filósofo francés, quien nuevamente comenzó a viajar y a asistir a círculos intelectuales. A ojos de los demás había tenido una recuperación asombrosa. Pocos sabían del insólito secreto que guardaba. Y es que Descartes se cuidaba mucho de que otras personas vieran a la autómata.

Poco a poco fue recuperando su vida social. Y siendo el gran hombre de su tiempo, le llegaron invitaciones para que visitara distintos países. Entre éstos, fue invitado a Holanda para sumarse a la Academia de Amsterdam. Pero Descartes era incapaz de dejar sola a su pequeña y querida creación. Recibía tantas atenciones como su anhelada hija. No queriendo abandonar a la nueva Francine, decidió llevarla a Holanda. Y, aquí es donde llega el final de ésta historia, tan extraña como triste. Pero como no podía ser de otra forma, éste desenlace es un final propio de la tragedia griega.

Leyenda del final

Según ésta leyenda, para no levantar sospechas, guardó a la autómata en un cofre similar a un ataúd, pero de proporciones acordes a su pequeña de cinco años. Con esa carga, se embarcó en el navío holandés “De seven provincien” (Las siete provincias).

Cuenta el mito que cierta noche el capitán del barco, movido por la curiosidad, levantó la tapa. Hay quienes dicen que el hombre perdió la razón al ver a una niña de rostro pálido, perfecto y ojos profundos, levantándose de su ataúd y hablando en un perfecto francés.

Quedó horrorizado. Y el temor a que esa aterradora niña fuese en realidad un agente del demonio hizo que arrojara a la autómata Francine al mar, que se la tragó sin remedio. Cuenta también el dicho popular que luego mandó llamar a Descartes, para pedirle explicaciones y que el filósofo, enfurecido, arrojó al capitán por la borda, pues le había quitado la alegría de su vida.

Lo cierto es que éste final es poco creíble. No solo porque los acontecimientos carecen de testigos, solo están Descartes y el capitán ¿quién narró la historia? A día de hoy, desconocemos que ocurrió con está creación cartesiana si es que existió, pues aseguran muchos que fue tan real como su método pero cuyo final es un misterio.Sin embargo, cierta o no, nos mostraría la cara más melancólica y emotiva del padre del racionalismo. El mismo que movido por el amor a su hija crearía una fantasía que fue capaz de ignorar a la razón a cambio de la eternidad del recuerdo de una dulce pequeña.

Dudar por consejo del mismo Descartes

Había preguntado anteriormente si esto muestra que, de ser cierta la leyenda, Descartes, además de ser un genio, se volvió loco. Quizás ambas cosas van de la mano, ésta que escribe no es tan sabia como para saberlo. No obstante cabe preguntarse, también, antes de acabar ¿es posible ésta historia? Y, si no fuese cierta ¿de dónde surge?

Lo cierto es que hablamos del mayor representante del mecanicismo. Como he dicho en líneas anteriores los autómatas son algo que nos acompañan desde mucho antes de que apareciera éste autor. Pero cierto es que con la llegada de su filosofía aumentó el interés en este asunto. El sistema cartesiano ha sido muy fructífero para el campo de la mecánica y la Inteligencia Artificial que surgiría años más tarde. Por lo tanto, una historia como ésta es relativamente sencillo que nos resulte atractiva y creíble en un genio de ésta talla, interesado especialmente por tales cuestiones. Por ello, es probable que todo surja de nuestra imaginación, a pesar de que por su puesto Descartes estuviese interesado en éstos autómatas.

No obstante, si es cierta o no es algo que no me es posible afirmar ni negar por la falta de pruebas al respecto. Y por consejo de éste mismo sabio, si seguimos su filosofía, debemos dudar de todo…, incluido de lo que envuelve a su figura. De cualquier forma lo cierto es que al escribir esta historia también me pregunto que, si fuese cierta… ¿Podría hacerse realidad sin que suene tan extraña si en el futuro la figura del ciborg se normaliza entre nosotros? Eso quizá pueda ser objeto de otro escrito.

R.D.Morliz