Los versos malditos de Charles Baudelaire.

En Philos Sophia somos amante de la reflexión que llega a través de los versos, por ello, en ocasiones recuperamos algunos poemas que cumplen dicha función, solo posible si nace de la pluma de un maestro. Esta es una de esas ocasiones, en la que atendemos a la poesía de Charles Baudelaire.

Este genio francés hizo una enorme y productiva labor como ensayista, traductor, crítico de arte y poeta. Puede decirse de él, con toda justicia, que dedicó su vida al completo al saber humanístico, tan amado por las mentes inquietas. Y tanta dedicación tuvo su recompensa, pues hablar de Baudelaire es hablar del poeta de mayor impacto en el simbolismo francés.

Entre sus influencias más destacadas está otro genio, nada más y nada menos que Edgar Allan Poe , lo cual nos hace intuir que hablamos de uno de esos maestros que se sale de toda norma, su estilo solo sigue la senda de la genialidad.

Poeta Maldito

La peculiar temática de su obra, así como sus formas, hizo que Paul Verlaine lo incluyera entre los poetas malditos de la Francia del siglo XIX, debido a su vida bohemia y de excesos, tal y como le ocurriera a Poe. Así como por la visión del mal que impregna su obra, que nos empuja a la reflexión sobre el comportamiento y la naturaleza humana.

Cabe decir a este respecto que la calificación de Poeta Maldito, de Verlaine, fue en parte tomado del poema de Baudelaire llamado Bendición, que inicia su libro Las flores del mal. Atiéndase a sus propios versos para intuir la belleza de dicho “malditismo”.

La Bendición de Baudelaire
 
Cuando, por un decreto de las potencias supremas,
El Poeta aparece en este mundo hastiado,
Su madre espantada y llena de blasfemias
Crispa sus puños hacia Dios, que de ella se apiada:

-“¡Ah! ¡no haber parido todo un nudo de víboras,
Antes que amamantar esta irrisión!
¡Maldita sea la noche de placeres efímeros
En que mi vientre concibió mi expiación!

Puesto que tú me has escogido entre todas las mujeres
Para ser el asco de mi triste marido,
Y como yo no puedo arrojar a las llamas,
Como una esquela de amor, este monstruo esmirriado,

¡Yo haré rebotar tu odio que me agobia
Sobre el instrumento maldito de tus perversidades,
Y he de retorcer tan bien este árbol miserable,
Que no podrán retoñar sus brotes apestados!”

Ella vuelve a tragar la espuma de su odio,
Y, no comprendiendo los designios eternos,
Ella misma prepara en el fondo de la Gehena
Las hogueras consagradas a los crímenes maternos.

Sin embargo, bajo la tutela invisible de un Ángel,
El Niño desheredado se embriaga de sol,
Y en todo cuanto bebe y en todo cuanto come,
Encuentra la ambrosía y el néctar bermejo.

El juega con el viento, conversa con la nube,
Y se embriaga cantando el camino de la cruz;
Y el Espíritu que le sigue en su peregrinaje
Llora al verle alegre cual pájaro de los bosques.

Todos aquellos que él quiere lo observan con temor,
O bien, enardeciéndose con su tranquilidad,
Buscan al que sabrá arrancarle una queja,
Y hacen sobre El el ensayo de su ferocidad.

En el pan y el vino destinados a su boca
Mezclan la ceniza con los impuros escupitajos;
Con hipocresía arrojan lo que él toca,
Y se acusan de haber puesto sus pies sobre sus pasos.

Su mujer va clamando en las plazas públicas:
“Puesto que él me encuentra bastante bella para adorarme,
Yo desempeñaré el cometido de los ídolos antiguos,
Y como ellos yo quiero hacerme redorar;

¡Y me embriagaré de nardo, de incienso, de mirra,
De genuflexiones, de viandas y de vinos,
Para saber si yo puedo de un corazón que me admira
Usurpar riendo los homenajes divinos!

Y, cuando me hastíe de estas farsas impías,
Posaré sobre él mi frágil y fuerte mano;
Y mis uñas, parecidas a garras de arpías,
Sabrán hasta su corazón abrirse un camino.

Como un pájaro muy joven que tiembla y que palpita,
Yo arrancaré ese corazón enrojecido de su seno,
Y, para saciar mi bestia favorita,
Yo se lo arrojaré al suelo con desdén!”

Hacia el Cielo, donde su mirada alcanza un trono espléndido,
El Poeta sereno eleva sus brazos piadosos,
Y los amplios destellos de su espíritu lúcido
Le ocultan el aspecto de los pueblos furiosos:

-“Bendito seas, mi Dios, que dais el sufrimiento
Como divino remedio a nuestras impurezas
Y cual la mejor y la más pura esencia
Que prepara los fuertes para las santas voluptuosidades!

Yo sé que reservarás un lugar para el Poeta
En las filas bienaventuradas de las Santas Legiones,
Y que lo invitarás para la eterna fiesta
De los Tronos, de las Virtudes, de las Dominaciones.

Yo sé que el dolor es la nobleza única
Donde no morderán jamás la tierra y los infiernos,
Y que es menester para trenzar mi corona mística
Imponer todos los tiempos y todos los universos.

Pero las joyas perdidas de la antigua Palmira,
Los metales desconocidos, las perlas del mar,
Por vuestra mano engastados, no serían suficientes
Para esa hermosa Diadema resplandeciente y diáfana;

Porque no será hecho más que de pura luz,
Tomada en el hogar santo de los rayos primitivos,
Y del que los ojos mortales, en su esplendor entero,
No son sino espejos oscurecidos y dolientes!”

La Bendición, en La flores del Mal, por Charles Baudelaire.

El malditismo

El uso de esta expresión y del término malditismo se generalizó luego para referirse a cualquier poeta (o a un escritor de otros géneros, incluso a un artista de cualquiera de las otras disciplinas).

Lo que otorgaba este “malditismo”, independientemente de su talento, es la condición de ser incomprendido por sus contemporáneos y no obtener el éxito merecido en vida. Especialmente para los que llevaban una vida bohemia, rechazaban las normas establecidas, lo cual se dejaba ver en una peculiar forma de arte que no era esclavo de la convención de su tiempo.

De esta forma, los poetas malditos, entre ellos, el protagonista de este escrito, desarrollan un arte libre y provocativo que se convertirá en un referente para los lectores, así como un inevitable motivo de disfrute.

Baudelaire, el Dante de una época decadente

Son varios los poetas malditos que entran en la calificación referida, no obstante, me tomaré el atrevimiento de decir que pocos como Baudelaire. Las letras de este maestro difícilmente dejan indiferente. Tanto es así que Barbey dÄurevilly, periodista y escritor francés, dijo de él que es “el Dante de una época decadente”. Y esto no es poca cosa, Dante es otro de los maestros de la literatura universal, ambos, cada uno a su forma, se han erigido como eternos a través de la magia de su pluma.

Tómese pues este breve artículo como una recomendación de lectura de sus obras, empezaré yo misma añadiendo, para acabar, otro de sus más bellos poemas para engancharnos a una poesía maldita pero que todo amante del saber bendice. He aquí, pues, su poema “La voz”, en el que Baudelaire nos habla de la diferencia entre el poeta y el sabio, y describe como se entregó a la poesía abrazando un mundo de ensueño. Bello poema que espero disfrute, pues cada verso es un látigo que golpea la sensiblidad.

“La voz” de Baudelaire
 
Se encontraba mi cuna junto a la biblioteca,
Babel sombría, donde novela, ciencia, fábula,
Todo, ya polvo griego, ya ceniza latina
Se confundía. Yo era alto como un infolio.
Y dos voces me hablaban. Una, insidiosa y firme:
«La Tierra es un pastel colmado de dulzura;
Yo puedo (¡y tu placer jamás tendrá ya término!)
Forjarte un apetito de una grandeza igual.»
Y la otra: «¡Ven! ¡Oh ven! a viajar por los sueños,
lejos de lo posible y de lo conocido.»
Y ésta cantaba como el viento en las arenas,
Fantasma no se sabe de que parte surgido
Que acaricia el oído a la vez que lo espanta.
Yo te respondí: «¡Sí! ¡Dulce voz!» Desde entonces
Data lo que se puede denominar mi llaga
Y mi fatalidad. Detrás de los paneles
De la existencia inmensa, en el más negro abismo,
Veo, distintamente, los más extraños mundos
Y, víctima extasiada de mi clarividencia,
Arrastro en pos serpientes que mis talones muerden.

Y tras ese momento, igual que los profetas,
Con inmensa ternura amo el mar y el desierto;
Y sonrío en los duelos y en las fiestas sollozo
Y encuentro un gusto grato al más ácido vino;
Y los hechos, a veces, se me antojan patrañas
Y por mirar al cielo caigo en pozos profundos.
Más la voz me consuela, diciendo: «Son más bellos
los sueños de los locos que los del hombre sabio».

La voz, de Charles Baudelaire.

R.D.Morliz