La poesía del “Chéjov americano”, Raymond Carver

¿Ha sentido alguna vez el abrazo de otra persona a pesar de la distancia que las separa? ¿Ese amigo cuya mano en el hombro ha intuido en un momento de tristeza o, también, de alegría? Posiblemente es así como terminamos asumiendo como caricias al alma los versos de la buena poesía. Y esta que les traigo en este artículo es uno de esos casos.

Raymond Carver (Mayo 25, 1938 – Augosto 2, 1988) escribió en prosa y poesía desde 1954. Es especialmente conocido por la genialidad de su pluma en el género del relato. Sin embargo, la poesía no es algo circunstancial en este maestro de las letras, sino que sus versos son las semillas de las que nacen las bellas historias de las que disfrutan sus lectores, y cuya maestría le valieron el apodo de “el Chéjov americano”, tal y como dijo el periódico londinense The Guardian.

Al acudir a los poemas de Carver asistimos a un retrato de la vida misma. La mayoría de sus poemas prestan atención a un tiempo presente, aunque igualmente revisa las heridas y alegrías del pasado, presentándonos una visión panorámica de el discurrir diario.

Esta temática, de cierto corte autobiográfico, se une a unas formas claras que muestran una verdad sin adornos. Gran parte de sus poemas son narradas desde una tercera persona que sitúa al lector ante unos conflictos que, por la maestría de Carver, se desdoblarán para convertirse en los del propio lector. Y es que Carver consigue que lo extraordinario parezca normal y, también, que lo cotidiano sea extraordinario. De tal manera, sus versos son una forma diferente de retratar la vida y, así, acercarnos a un yo que cada uno tiene escondido.

Poemas

No es poca la aventura de leer a este genio. Así pues, invitamos a acudir a su obra, añadiendo aquí, como prueba de lo expuesto, algunos de sus poemas para el deleite de las mentes inquietas.

Insomnio de Invierno
La mente no duerme, descansa impaciente,
atenta al respiro que se toma la nieve
antes del asalto final.


Ojalá estuviera aquí Chéjov para recetarme
algo-tres gotas de valeriana, un vaso
de agua de rosas-lo que fuera, da igual.


A la mente le gustaría salir de aquí
y pisar la nieve. Le gustaría correr
con una manada de animales peludos, todo colmillos,


bajo la luna, avanzar por la nieve sin dejar
huella ni rastro alguno, nada por detrás.
Mi mente enferma esta noche.

Miedo
Miedo a ver un coche de la policía acercarse a la puerta.
Miedo a dormirme por la noche.
Miedo a no dormirme.
Miedo al pasado resucitando.
Miedo al presente echando a volar.
Miedo al teléfono que suena en la quietud de la noche.
Miedo a las tormentas eléctricas.
¡Miedo a la limpiadora que tiene una mancha en la mejilla!
Miedo a los perros que me han dicho que no muerden.
Miedo a la ansiedad.
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo a quedarme sin dinero.
Miedo a tener demasiado, aunque la gente no creerá esto.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y miedo a llegar antes que nadie.
Miedo a la letras de mis hijos en los sobres.
Miedo a que mueran antes que yo y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre cuando ella sea vieja,
y yo también.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día acabe con una nota infeliz.
Miedo a despertar y encontrarme que te has ido.
Miedo a no amar y a no amar lo suficiente.
Miedo de que lo que yo amo resulte letal para los que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado.
Miedo a la muerte.
Ya he dicho eso.

Lluvia
Me desperté esta mañana con
unas ganas tremendas de quedarme todo el día en la cama
leyendo. Me resistí durante un rato.


Me asomé entonces a la ventana y estaba lloviendo.
Y me rendí. Me dediqué por entero
al cuidado de esta mañana lluviosa.


¿Viviría mi vida otra vez?
¿Con los mismos errores imperdonables?
Sí. A la mínima posibilidad que tuviera.