“En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust

En busca del tiempo perdido es una novela de Marcel Proust de la que no podía faltar una reseña en esta sección. Pocos escritos motivan la reflexión con tanta fuerza como lo hace éste.

Escrita entre 1908 y 1922 hablamos de una obra consta de siete partes publicadas entre 1913 y 1927, de las que las tres últimas son póstumas. Pero a pesar de su amplitud, este escrito se ha erigido como una de las cumbres de la literatura francesa y universal.

Más que un relato de una serie determinada de acontecimientos. La obra se mete en la memoria del narrador. Sus recuerdos y los vínculos que crean. Y con ello, a medida que desvela la vida humana del protagonista, las letras se convierten en el espejo del propio lector.

El autor: Proust

Para contextualizar el sentido de la obra cabe recordar los motivos del autor al escribirla. Marcel Proust no era un escritor al uso. Hablamos de un genio, que como tal, contaba con ciertas peculiaridades que marcaron con fuerza esta obra.

Proust fue un niño enfermo desde pequeño. A los nueve años tuvo su primer ataque de asma, desarrollando una afección que no le abandonaría y que hizo de él un niño que necesitaba cuidados especiales. Esto determinó el papel de la figura femenina en su vida. Algo que se verá reflejado en esta novela, que, con importantes tintes autobiográficos, tiene una importante presencia de las mujeres que determinaron su existencia, su madre y su hermana, frente a un padre practicamente ausente en el escrito.

No obstante, a pesar de las dificultades, hablamos de un hombre que siempre tuvo clara su vocación: escribir. Sin embargo, la práctica de la misma se hizo esperar. Durante los años de su primera juventud llevó una vida mundana y aparentemente despreocupada, que ocultaba las terribles dudas que albergaba sobre su talento literario. 

Tras descartar la posibilidad de emprender la carrera diplomática, trabajó un tiempo en la Biblioteca Mazarino de París, decidiéndose finalmente por dar el paso hacia adelante. Un joven Proust empezó su carrera literaria. Sensible al éxito social y a los placeres de la vida mundana, el joven tenía, sin embargo, una idea muy diferente de la vida de un artista, cuyo trabajo sólo podía ser fruto de «la oscuridad y del silencio».

En 1896 publicó Los placeres y los días. Pero, a pesar de que en ella es perceptible un incuestionable talento, lo cierto es que el genio aún se ocultaba. Esperaba el momento oportuno para mostrarse, que llegaría con la creación de la obra que protagoniza esta reseña.

La crisis que le lleva a escribir la obra

Los acontecimientos vitales pueden dar un giro enorme a nuestras vidas, haciendo de ella casi una auténtica novela. Ese precisamente es el caso de Proust.

Fue en 1905 cuando este maestro de las letras hubo de enfrentarse a la muerte de su madre, su compañera vital y su referente. Como si volviese a ser ese niño enfermo necesitado de cuidados, el escritor se sintió solo y deprimido. Y esta angustia vital, precisamente, es el germen de la tarea que en esos años decidió emprender. La redacción de su ciclo novelesco En busca del tiempo perdido, que concibió como la historia de su vocación, tanto tiempo postergada, y que ahora se le imponía con la fuerza de una obligación personal.

Esta “obligación” no era otra que evocar a su propio pasado para proyectarse hacia su voluntad de escribir. Con la depresión, Proust decidió rescatar sus recuerdos, y de ellos surge una historia que a cualquier lector le suena…Sus letras nos traen la fuerza del ayer cuando se presenta de imprevisto.

Consumado en su aislamiento social, se dedicó en cuerpo y alma a ese proyecto. El primer fruto de ese trabajo sería Por el camino de Swann (1913), cuya publicación tuvo que costearse él mismo ante el desinterés de los editores. El segundo tomo, A la sombra de las muchachas en flor (1918), en cambio, le valió el Premio Goncourt. Los últimos volúmenes de la obra fueron publicados después de su muerte por su hermano Robert. Los editores que en primera instancia la rechazaron hubieron de arrepentirse después, pues aunque el autor no lo vio, se estaba forjando un clásico de la literatura, que aún hoy tiene un enorme efecto en el lector.

Memoria y depresión: madres de una obra maestra

La novela resultante fue comparada por el mismo Proust con la compleja estructura de una catedral gótica. Y no es para menos, en ella hallamos la reconstrucción de una vida a través de lo que llamó «memoria involuntaria», única capaz de devolvernos el pasado a la vez en su presencia física, sensible, y con la integridad y la plenitud de sentido del recuerdo.

Generalmente, y este es uno de esos casos, la depresión y la angustia vital nos abre a la posibilidad de viajar a nuestro pasado, evocando los recuerdos de cuando fuimos más felices. Dicha evocación puede dar lugar a un torrente de emociones que determinan nuestra mirada presente y futura.

De esta forma, entre la pena y el castigo de su propia memoria, Proust nos hablará en estas páginas de nuestra percepción del tiempo. Ese mismo que Bergson analizó como “tiempo vivido” ejerciendo una enorme influencia en este genio de la literatura.

El tiempo al que invoca Proust es el tiempo vivido, con todas las imperfecciones y saltos del recuerdo. Es por ello mismo por lo que la novela alcanza una estructura laberíntica. El más mínimo detalle merece el mismo trato que un acontecimiento clave en la vida del protagonista, Marcel, réplica literaria del autor.

Sin embargo, aunque se han realizado estudios para contrastar los acontecimientos de la novela con la vida real de Proust, lo cierto es que nunca podrían llegar a confundirse. Y es que, como afirma el propio autor, la literatura comienza donde termina la opacidad de la existencia. Y por este mismo motivo es por el cual el protagonista de la novela es Proust, pero también cada uno de nosotros, que vive el tiempo e invoca el ayer proyectándose al mañana.

Creación con un escenario especial

Por lo ya descrito, es fácil imaginar que el escenario en el que se crea la novela es tan literario como ella misma. Y es que la narración no es otra que la de la vida humana.

Así, al acudir a una obra maestra como lo es En busca del tiempo perdido (1913-1922) podríamos evocar una imagen de película. Imagino una habitación tapizada para evitar los ruidos exteriores, pues Proust insistía en la importancia del silencio para poder escribir.

Por ello también, e imaginando su singular carácter, en la escena puedo vislumbrar las ventanas siempre cerradas, las prendas de lana que el escritor sólo se pone tras haberlas tostado ante la lumbre, para evitar el agravamiento de su enfermedad. Y bajo esas prendas un genio escondido. Un hombre, Marcel Proust (1871-1922), asmático, gravemente enfermo, luchando contra el tiempo durante doce años en los que su manuscrito se multiplica.

Los recuerdos aparecen para hacer que su historia se ramifique continuamente en nuevas historias que corrige y complica hasta volverlo casi ilegible. Le asaltan imágenes que le trae sin piedad la memoria, justo hasta el mismo día de su muerte, en el que pone la palabra Fin en el último cuaderno.

Tema de la obra

Como resultado, cuando se lee En busca del tiempo perdido, se intuye un enorme esfuerzo por crear un universo completo formado por una infinidad de sentimientos divisibles hasta el infinito. ¿Cuál es tema de la obra? Si acudimos a nuestra memoria ¿cual es el tema a tratar? Todos. Aparecerá la vida humana inmersa en su temporalidad, y el despliegue de imágenes y sensaciones se dará como infinito. Este es el caso al que se enfrenta el lector.

Podría decir que es la historia de un niño nervioso. La de su aprendizaje en la vida y el mundo y de cada una de las vivencias que le llevaron a escribir su testimonio. Pero con ello no aclaro nada. También podría decir que el narrador es un hombre educado, detallista, bastante chismoso, que asiste a los salones de la clase alta de París y nos cuenta todo lo que ocurre en ellos y lo que se oculta a la vista del público. Pero poco aportaría tan simple descripción a un escrito como éste, no haciéndole justicia al mismo.

Lo que si es posible afirmar es que quien se adentre en sus páginas vivirá una experiencia como lector que difícilmente se repetirá con otro libro. En busca del tiempo perdido es una novela única en la que, con el retrato de la vida del autor, cada vida humana y su relación con el tiempo queda reflejada. El protagonista de este escrito somos todos.

Y el gran secreto de Proust para conseguir tan magno efecto es la manera que tiene de evocar el pasado. Distinta a cualquier otra perspectiva que haya dado la literatura, pero también tan real como la vida misma. No se trata de un recuerdo intelectual o de un esfuerzo documental por mostrar el pasado ante los ojos del presente, sino de una evocación por la memoria involuntaria. ¿No es realmente así como viajamos cada uno de nosotros al pasado?

La magdalena de Proust

Para ejemplificar dichas formas es imprescindible acudir al episodio más reconocido de esta novela, el de la conocida magdalena. Que muestra a la perfección nuestra relación con el tiempo vivido al que ya aludía Bergson.

En la novela, como muchos de ustedes ya sabrán, el narrador moja una magdalena en su taza de té y se la come. Al probar aquél pequeño y humilde dulce un estremecimiento le recorre el cuerpo, seguido inmediatamente por un placer incomparable. Como si el amor, llega a decir, le hubiera llenado con toda su esencia. A partir de aquí las sensaciones se suceden. Comienza un verdadero viaje interior.

Siente el protagonista que algo comienza a surgir dentro de si. No sabe exactamente lo que es, pero lo siente subir lentamente. Sin embargo no sale a la superficie. Late, pero permanece oculto. Se inclinará para evocarlo, hasta que sin avisos llega. Aparece el recuerdo.

“Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojarlo en su infusión de té (…) los domingos por la mañana en Combray”

En busca del tiempo perdido, Marcel Proust

Seguramente el lector no tenga una tía con ese nombre, ni vivió exactamente esa escena. Pero, ¿no han sido asaltados por recuerdos similares de esta forma? ¿No habla Proust de algo que nos ocurre a todos? ¿Y hacia donde le lleva la reflexión sobre este evento?

El recuerdo latente

Con este acontecimiento el autor se percata de que aunque el pasado a veces parece muerto y desaparecido, en realidad esta escondido para asaltarnos a su antojo.

“El olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo”

En busca del tiempo perdido, Marcel Proust

Y es que, como nos ocurriría a cualquiera de nosotros, a partir de este recuerdo empezarán a llegar otros. Se ha abierto la puerta del pasado. Se verá en su habitación, su casa, su jardín, por el que jugaba siendo aún un niño. Y no basta, el recuerdo no le abandona, llegará también a su memoria su ciudad entera, sus calles, sus plazas. Vuelve con fuerza lo que fue su infancia, que el mismo narrador dice que:

“va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té”

En busca del tiempo perdido, Marcel Proust

Solo una taza de té y una humilde magdalena son suficientes para hacer un viaje al pasado. Tal y como nos ocurre a todos, un pequeño estímulo basta para hacernos entrar en el tiempo, siendo espectadores del mismo cuando este ya pasó.

Viaje a otro mundo, al alcance de cualquiera

La experiencia de Proust la hemos sentido todos. Un sabor, un olor, una imagen…Bastan para transportarnos a otro mundo. El viaje al pasado está a nuestro alcance, y puede ser más enriquecedor de lo que en primera instancia parece.

Cada día hacemos pequeñas excursiones a ese pasado para recuperar cierta información, o puede que un rostro o alguna anécdota. A veces estos viajes son placenteros, entramos en ellos como si fuesen sueños en los que revivimos nuestras vacaciones infantiles u otro momento en el que sentimos la dicha abrazando nuestras vidas.

En el fondo esto se da como producto de una asociación de imágenes, pero es muy diferente acudir a ellas a que ellas sean las que nos asalten. A diferencia de los viajes voluntarios a la calle de la memoria, el narrador de la novela es “secuestrado” por una memoria que se esconde en un callejón oscuro, y de la que difícilmente se puede escapar.

Una memoria que está casada con la imaginación, pues sin control sobre ella el recuerdo se convierte en algo creativo que da lugar a modificaciones presentes inspiradas en el pasado. Un pasado que está vivo, activo, y al que la imaginación persigue en búsqueda de un recuerdo inicial. Así como arte y filosofía se mezclan en esta obra, en ella imaginación y memoria se abrazan. Cuál es el alcance que esto tiene en la existencia del protagonista, y con ello, de nosotros mismos, es algo que le espera al lector entre sus páginas…

R.D.Morliz