RELATO: “DULCE REALIDAD”

La fantasía, frecuentemente, es una forma de hacernos reflexionar sobre la realidad. Es así que la literatura, y con ella el género del relato, es un buen medio de reflexión, ya que a veces es un reflejo de nuestra vida. Aun más cuando el relato en cuestión está escrito en segunda persona. Con esta voz el narrador sitúa al lector de protagonista y todos viajamos con la historia que nos cuenta.

Este, precisamente, es el caso del relato que traemos, titulado Dulce Realidad y nombrado finalista de Fallo del jurado IV Convocatoria Premio Pérez-Taybilí de relato. Un relato incluido en la obra “Semillas de Amor”, con la autoría de la directora de esta plataforma: R.D.Morliz, seudónimo de Raquel Moreno.

En este caso traemos un relato que nos habla de nuestras fantasías, del amor, y de la cara más dulce de la realidad. Esperamos que lo disfruten tanto como nosotros.

RELATO: DULCE REALIDAD

“Dame un pez y cenaré esta noche, enséñame a pescar y comeré siempre”, eso te dice el sobre de azúcar. Tú también te has encontrado alguno con una frase así en alguna cafetería cutre.

A tu colega le encanta encontrar sobres de azúcar con este tipo de frases, después las usa cuando habla en las reuniones familiares. Eso lo hace mucha gente, siempre queda bien hacer alguna reflexión aparentemente profunda. A las personas les gusta parecer cultas, da cierto estatus social. Cuando lees la frase al principio te gusta, después te parece absurda. ¿De qué te vale saber pescar si no tienes caña? Ese es tu caso en la mayoría de circunstancias.

Llevas en la terraza con la taza de café vacía casi media hora, esperando a que llegue. Aparecen los nervios. El otro día os besasteis, y hoy no sabes cómo saludarle.

Te ha avisado de que llega tarde. No te importa esperar, lo que te preocupa es cómo saludarle cuando llegue. Has pensado que lo mejor es esperar a su reacción. Pero no es tan fácil. Puedes imaginar las escenas posibles:

Llega sonriendo, le ves caminar hacia ti. Respondes a su gesto con una media sonrisa. Cuando está casi a un metro te levantas. Al llegar a tu altura el instinto te hace mover la cara buscando su mejilla, para darle dos besos. Los movimientos son torpes, notas que la otra boca buscaba tus labios. Aparecen dos sonrisas nerviosas, los ojos no se miran. Quieres corregir tu saludo, pero  ya es tarde. Se ha levantado una especie de barrera entre los dos.

—¿Otro café? —El camarero te pregunta al ver que la taza vacía te mantiene en un estado de hipnosis. No sabe que andas soñando en situaciones supuestas.

—Sí, por favor, igual que este—señalas la taza.

Mientras el camarero recoge la mesa para traer una nueva taza de café te da tiempo a suponer otras posibilidades: Te percatas de golpe de que está llegando, solo te da tiempo a ponerte de pie. Antes de decidir, ya te ha dado un beso en los labios. Sonríes, os sentáis. Te gusta, pero no sabes si vais demasiado deprisa. Te incomodas un poco. Pero actúas con normalidad. De repente, te asusta. ¿Ya sois novios?

—Aquí tiene, su café. —El camarero interrumpe el sueño. Mejor, tampoco te estaba gustando del todo. Aún no encuentras el saludo ideal para cuando llegue.

—Gracias. —Miras el café y allí hay otro sobre de azúcar, tiene otra frase escrita: “Que las cosas no salgan como esperábamos, muchas veces es lo mejor que nos puede pasar”. Te gusta la frase, muy adecuada para el momento presente. Suele pasar.

Piensas en los que hacen los sobres de café. ¿Quién elige las frases? ¿Existe un sabio que las escribe imaginando qué necesita la persona solitaria que va a leerla?

Si vas en pandilla, no haces mucho caso de la frase, estás en otras cosas. Pero esperando en la soledad, sin saber si recibirás o no un beso, ahí la frase suena diferente. Parece la voz del destino. Quizás Dios habla a través de los sobres de azúcar. Quién sabe. ¿Es este el caso?

Vuelves a leer la frase. “Que las cosas no salgan como esperábamos, muchas veces es lo mejor que nos puede pasar”. Puede que sea cierta, pero no puedes evitar seguir imaginando el saludo ideal. Ayer os besasteis, si saludas con efusividad quizás le agobies. Ahora no se va tan rápido con las parejas. Pero, ¿cuánto tiempo reglamentario hace falta para actuar como novios?

Os gustáis, ambos lo sabéis, congeniáis, os habéis besado. ¿Qué tipo de saludo implica eso? Dos besos, un beso en los labios, una caricia. No lo tienes claro. ¿Cómo no forzar las cosas y agobiar?, ¿cómo no caer en una actitud fría?

Dicen que en el punto medio está la virtud. Podría ser la frase de un sobre de azúcar, pero no es el caso, es de Aristóteles. Tampoco es gran cosa, pues, aun así, ¿dónde está el punto medio?

El punto medio de tu cara es la nariz, pero no se saludan las personas como lo hacen los gnomos, justo bajo ella están tus labios. ¿El punto medio sería besarle en la boca? Eso quieres creer, porque en realidad te apetece. Entre tanto, le das un sorbo al café. Está algo amargo, pides otro sobre de azúcar, no sabes si para endulzarlo o porque quieres leer otra frase.

—Perdone —le dices al camarero—, ¿me trae otro sobre de azúcar, por favor?—El joven asiente con la cabeza.

“¿Te ha pasado alguna vez que estás buscando un lápiz y lo tienes en la mano? Pues algo similar ocurre con la felicidad”. Este sobre te decepciona, la frase está muy vista. No sabes qué es lo que te hace feliz, solo lo imaginas, pero normalmente las expectativas superan a la realidad. Tener la felicidad en la mano, como si fuese un lápiz, te parece una idea estúpida. No llevas todo el día con un lápiz en la mano, solo lo usas cuando vas a escribir. ¿Pudiera ser que la felicidad sea eso? Quizás solo está cuando se la agarra para hacer alguna otra cosa, y una  vez conseguido el fin sueltas el lápiz, o la felicidad, y a ponerse a otra cosa, mientras tanto, nos acompaña la desdicha. Esta frase no te soluciona la cuestión del saludo, pero sí te hace dudar sobre si la felicidad que sentiste el otro día es tan efímera como soltar un lápiz con la mano. ¿Y si hoy os besáis y ya nada es lo mismo?

Pudiera ser que para ti no fuese lo mismo pero para la otra persona sí. Eso sería un problema. Debes meditar bien el saludo adecuado, ni efusivo ni frio.

Si la frase del sobre estuviese en lo cierto debes tener la respuesta a tu alcance, pero puede también que estos sobres estén escrito por máquinas que nada saben de besos. Si es así, ¿qué importa lo que digan las letras que guardan el azúcar?

Miras la calle, sigue sin aparecer. ¿No está tardando demasiado? ¿Y si se ha arrepentido y no aparece? No sabes si es lo que deseas o es lo que temes. Si fuese lo primero es que lo del saludo te supera, y que no es seguro que quieras repetir el beso. Pero si fuese la segunda opción, entonces mal vas. Si temes que no aparezca, vas a soñar con ese posible saludo que nunca se dio durante semanas, y además imaginarás un segundo beso que no llegará. Algo así como el fantasma de un beso. Esos son los peores. No se olvidan nunca.

Pensarlo te da ansiedad, miras el móvil, ni rastro de mensajes o llamadas. Dijo que tardaría. Miras de nuevo, nada.

Piensas en levantarte e irte, aunque ni siquiera has acabado el café. Antes no te importaba esperar. Ahora tarda demasiado.

Vuelves a mirar el móvil. Nada.

Irse supone acabar con el problema, o al menos suspenderlo para meditar mejor el saludo adecuado.

Decidido. Llevas más de media hora esperando.

Desbloqueas el móvil. Empiezas a escribir. “Mejor nos vemos otro día, es que se me está haciendo tarde y…”, borras.

Debes pensar las palabras adecuadas. ¿Estarán escritas en un sobre de azúcar?

Miras el sobre, nada. No vas a hablarle de la felicidad ni ninguna cursilada por el estilo.

Vuelves a escribir lo mismo, ya está la decisión tomada. Lo mejor es marcharse con la excusa de que tarda demasiado, pero mostrando comprensión en el mensaje. Como si en realidad no te importase demasiado.

Escribes, pero una mano se acerca por detrás toca tu hombro y de repente ahí está, ya ocupa la silla de enfrente. ¿Y el saludo? ¿Ese era?

—Perdona, he tenido mucho lio.

—No pasa nada, estaba distrayéndome con el móvil. —Sonríes, te devuelve la sonrisa.

—Perdona, ¿me traes lo mismo a mí? —le dice al camarero señalando tu café.

No ha habido saludo. ¿Será que mientras tú meditabas, los labios que ayer te besaron ya habían decidido no repetir?

Ahora quieres un beso. Sabes que lo quieres. Ahora sí, pero no lo ha habido. Intentas actuar con naturalidad.

—Bueno, ¿y qué tal el día? —Por primera vez desde que llegó le miras a los ojos, brillan, y están acompañados por una sonrisa muy parecida a la que tenía el día que te besó.

El camarero le trae el café, ves el sobre de azúcar que le acompaña. “La vida es un 10% lo que nos ocurre, y un 90% cómo reaccionamos a ello”. De repente las cosas no dependen del beso, dependen de ti.

Acercas tu pierna a la suya con disimulo. Notas que la otra pierna no se aparta, recibe el contacto.

Ya sabes la respuesta.

—Pensando en ti. —Ríes con descaro, una mano se posa sobre tu pierna,  sus dedos se mueven suavemente.

“Toda duda muere cuando llega una caricia”.

Esa frase es la que escribirías tú en un sobre de azúcar, pero ya no necesitas endulzar nada.

R.D.Morliz

MÁS RELATOS

La fuerza del relato como espejo en el que mirar nuestra propia realidad se potencia en este caso con el narrador en segunda persona, del que le hablamos en nuestro curso de escritura, que imparte la misma autora del relato en la plataforma de Udemy y que tienen disponible en el siguiente enlace:

CURSO ESCRITURA CREATIVA ENTELEKIA

Si desea leer más relatos de esta autora puede acceder a su libro de relatos, Semillas de Amor, en el siguiente enlace:

LIBRO SEMILLAS DE AMOR